1516. TREINTA MINUTOS
ÁNGEL TRAVIESO MELERO | AKE

Media hora es un suspiro, pero puede convertirse en una eternidad si lo que está en juego es tu futuro. Los desastres no son más que el fruto de decisiones que tomamos de manera precipitada. Pero así soy yo, un cúmulo de malas elecciones en cadena.
Cuando esa mañana abrí los ojos faltaban tan solo treinta minutos para que comenzara mi boda. Siempre pensé que viviría ese momento con la corbata oprimiéndome el cuello, saludando a unos desconocidos que dicen ser de la familia. Pero la triste realidad es que me encontraba en la oficina del tanatorio donde trabajo desde hace quince años y no sabía cómo ni cuándo había llegado allí. Probablemente, las dudas hicieron que la noche anterior Baco me convenciese para terminar en un garito de mala muerte. Por supuesto no había ni rastro del traje, zapatos de piel, ni artículos de aseo. Me incorporé de un salto y miré en la taquilla. Cogí el esmoquin del curro, más oscuro que la radiografía del tórax de un grillo y salí corriendo escaleras abajo como si el mismísimo portero del infierno me fuera persiguiendo para hacerme unas preguntitas.
Agarré las llaves del coche de mi compañero y salí del garaje pensando cuánto tiempo me faltaría para llegar. Inspirado, iba silbando “in the ghetto” de Elvis Presley, a bordo de aquel imponente Cadillac que surcaba el asfalto a velocidad de multa.
El tiempo volaba. El bombeo de mi corazón parecía ir al compás de un ejército de semáforos teñidos de color sangre y el tráfico avanzaba lento como la vida de un presidiario. Comprendí lo surrealista de la situación cuando vi una caja de muertos en la parte trasera de mi buga. Otra vez la volví a pifiar. Me llevé el vehículo equivocado. Eso explicaba la ristra de coches que me seguían desde que salí del tanatorio.
Si algo puede salir mal, saldrá mal. Una motocicleta seguramente conducida por el primo de Murphy me obligó a frenar bruscamente al tiempo que la caja con su habitante dentro besó el salpicadero, abriéndose y quedando el fiambre al descubierto así, como mirándome. Parecía decirme vaya día que llevas colega, ¡para habernos matao!
Cuando eché a correr, a los lejos quedó el coche echando humo, decenas de acompañantes acordándose de mi familia y el muerto como guiñándome el ojo, dándome ánimos para que continuara.
A la iglesia llegué tarde y mal. Su pórtico estaba al final de la pendiente donde terminé empotrado con aquella bicicleta que le birlé al repartidor de helados. Detrás de mí, una cabalgata de familiares del muerto cabreados, cuerpo de policía al completo, heladero y convidados a la boda estupefactos. Sin embargo, ya nadie podía pararme, caminé con porte hasta el altar y miré henchido de orgullo al personal. Lo había conseguido. El único gesto feo fue cuando mi jefe del tanatorio me obligó a sentarme de una vez, que dejara en paz a su futura mujer y que ya hablaríamos del numerito al día siguiente.