451. TRES, ERAN TRES
José María Silleras Ruíz | Virutilla

Dos hombres y una mujer paseaban completamente desnudos por una calle angosta. Así como de improviso aparecieron unos pantalones raídos y rotos (era la moda).
Para mí, dijo uno de los hombres, el llamado Clodoaldo. Me vienen super bien para tapar el colgajo que no para de oscilar embravecido.
Un rato después (como tres minutos de rato) una blusa semidebotonada surgió arrogante de una alcantarilla mal cerrada. Me la quedo, reclamó Úrsula, no hay manera de sujetar estos pezoncillos juguetones, deslizó después. Necesitan una doma textil y ya no sé cómo sujetarlos.
Sólo quedaba desnudo Gumersindo cuando divisaron en corta lontananza un fantástico traje hecho a medida de quien lo hubiera llevado. Ese es mío, gritó, necesito uno para casarme. Clodaldo se volvió y rio porque sabía que Gumersindo no tenía novia… Al mismo tiempo se ajustó los pantalones que ya rozaban las caderas mientras se volvía hacia Úrsula que rezongaba con pena que ya no tenía estampa. ¿Qué te ocurre querida? La animó con ternura. El problema, dijo ella, es que alguien ha dicho “me cago en tu estampa” y la he mandado a freír espárragos porque olía a mierda que atufaba. Clodualdo, sorprendido, no contestó, sólo se siguió ajustando un poco más los pantalones que ya habían dejado de cubrir el de por sí poco embravecido colgante.
Gumersindo estaba radiante. Se miraba el pomposo traje y al mismo tiempo maldecía su mala suerte. Le habían tocado 28 millones de Euros en la primitiva y no había podido cobrarlos por carecer de identidad. Resultaba que la había perdido en una pelea callejera donde le dieron hasta en el carnet de identidad, con tal mala fortuna que ésta desapareció para siempre jamás.
Cariacontecidos los tres por tan infortunados avatares siguieron caminando, casi vestidos como estaban, hacia un parque infantil donde nueve niños retozaban con alegría contagiosa. Les miraron con envidia malsana. Ellos no tenían hijos y realmente nunca habían sido niños. Nacieron con sorpresa a los 17 años producto de una cópula desenfrenada que no dejó hueco a la crianza. Verdaderamente no les importaba mucho, se sentían felices dentro de su tardoadolescencia y habían aprendido a convivir con ella.
Cansados de caminar se sentaron en un “prao” casi cercano y sacaron unas albóndigas del pantalón de Gumersindo porque era el único que tenía bolsillos. Como no disponían de bebida auscultaron una fuente que no estaba lejos: 300 metros y bebieron y comieron con avidez. Unas hormigas cercanas se regodearon con los desperdicios, que no eran muchos, pero sí apetitosos.
A tal punto comenzó a anochecer y poquito a poquito dejaron de verse casi desnudos (porque ya no se veía ni la penumbra).
Ha sido un día precioso, clamaron al unísono, es decir, a la vez. Todo se lo debo a ti, se dijeron en combinación binaria que se repitió seis veces (era agradecimiento de ida y vuelta) y tan sonrientes como felices siguieron soñando con sus cosas y preparándose para un alborozado despertar…