TRES PRIMERAS VECES
ANA VALENTINA VINGELLI | Ana Valentina

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Cuantas primeras veces vive uno y cuan cierto es el dicho que establece que el primer amor nunca se olvida.

Efectivamente el primer amor está siempre en nuestra mente y, si tocó nuestro corazón, al recordarnos de ese momento algo se mueve dentro de nosotros a pesar de los años que hayan pasado y se hallan vivido muchas otras primeras veces. Pero esas primeras veces no siempre vienen envueltas de emoción o de dicha, pero igual pertenecen a nuestra vida y al devenir de nuestros recuerdos.



La primera vez que te vi tenía yo cuatro años, me habías dejado con mi abuela cuando tenía solo año y medio por lo que no podía recordar tu rostro. Sabía que existías que estabas mas allá de la línea donde el mar tocaba el horizonte, pero no sabia como eras, no conocía tus besos ni tus caricias, no conocía el timbre de tu voz ni tus colores. Recuerdo que nos enviaste una muñeca a cada una, era grande casi de mi tamaño y muy bella, pero yo anhelaba que llegaras tu. Mi hermana mayor te recordaba, a la segunda de nosotras parecía que no le importabas o quizás era su forma de esconder su abandono, nadie hablaba de ti. Pasaban los días, los meses, los años, vivimos primaveras, veranos, otoños e inviernos sin ti hasta que al cabo de tres años tomaste un barco y nos viniste a buscar. Cuando llegaste a casa de mi abuela bajaste del automóvil de mi tío con un bebé en brazos, era un niño y era tu orgullo. Yo te miraba, era la primera vez que veía el bello rostro de mi madre mas tu estabas atenta en saludar a todos y en enseñarles tu bebé. Recuerdo que miraba hacia arriba, estaba al pie de tu falda esperando que me cargaras y me abrazaras. Creo que eso no sucedió.

La segunda vez que me dejaste me asomé a la ventana de la casa de mi abuela y te vi tomar el transporte que te llevaría al aeropuerto, me volvías a dejar. Era de madrugada y llovía. Lloré tanto y sentía que mi corazón se ahogaba. Era la primera vez que sentía el dolor del desprendimiento, de la pérdida, de una larga despedida.

La tercera vez que me dejaste fue para siempre. Tu piel se tornó amarilla casi verde, miré a mi hermana que estaba del otro lado de tu cama y ambas en silencio entendimos que te habías ido, esta vez para siempre. Fue la primera vez que mi corazón sintió el vacío que te deja lo irreparable.

Estuve contigo poco tiempo, pero te aseguro que fue tan intenso que cada una de tus enseñanzas, oraciones y palabras permanecen intactas en mis recuerdos. Te amé mucho, madre querida.