Tres primeras veces.
Antonio Fernández - Muela Garrote | Toni

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Tres primeras veces.



Una “mesa Tinder”. Se lo dijo, nada más verlos, la camarera que atendía la barra. Al parecer, cada vez era más común ese tipo de clientes. Una cita surgida de la famosa aplicación. La primera vez que se veían en persona.

Aquellos dos formaban una pareja peculiar. Él, pelo engominado hacia atrás, camisa blanca, pantalones chinos y mocasines. Ella, pelo suelto, jersey ancho de esos cuyas mangas sobrepasan las manos y zapatillas Stan Smith azul marino, que habían vivido épocas mejores.

Él, abogado en un importante bufete. Ella, trabajadora social en una ONG.

Hammed los había estado observando curioso hasta aquel instante. Le llamaron la atención las flores. Ya nadie las regala en la primera cita.

Desde la distancia todo parecía transcurrir con aparente normalidad. Alguna mirada tonta, alguna sonrisa forzada… cuando de repente vio que él se llevaba las manos al cuello y ella se levantaba apurada haciendo aspavientos.

Soltó la ensaladilla que llevaba entre las manos y salió corriendo como alma que lleva el diablo hacia la mesa. El estrépito del plato al hacerse añicos contra el suelo quedó apagado entre los gritos de la chica, que pedía ayuda mientras zarandeaba enérgica a su acompañante. Patatas, atún y mayonesa esparcidos por el suelo del comedor. El muchacho, cada vez más azul, haciendo ímprobos esfuerzos por respirar. Sobre el mantel únicamente el servicio, una botella con agua y un sospechoso platito de aceitunas. Aún no habían encargado la comanda.

Llegó Hammed a la mesa raudo, veloz, dispuesto a salvar la vida a todo aquel que intentase perderla en el que era su primer día de trabajo. Contrato de prueba hasta que demostrase su valía para el puesto de camarero de sala. Había ensayado aquella situación en uno de los cursos del paro. Agarró a Manuel por la espalda, puños debajo del diafragma. Con el primer intento no consiguió nada. Apretó más fuerte en el segundo, consciente de que la vida de aquel muchacho estaba en sus manos. Un golpe seco para lograr que la aceituna alojada en la garganta saliera despedida por el aire y fuera a depositarse en medio del mantel. El daño que puede hacer algo aparentemente tan inofensivo… A partir de ahí, unos segundos de silencio que a Hammed se le hicieron eternos y la bocanada de aire entrando en unos pulmones ansiosos de él. Toses, agitación y los aplausos del resto de comensales de la sala que habían observado atónitos la escena. El Samur apareció para hacer un pequeño chequeo en la ambulancia. Todo había quedado en un buen susto.

Cuando volvió a entrar en el restaurante ya no quedaban clientes. El ramo de flores languidecía encima de la mesa y no había ni rastro de Begoña. No la volvería a ver.

Tres primeras citas en una única noche. La principal no había salido bien, sin embargo, Hammed firmó su nuevo contrato… y Manuel consiguió burlar su encuentro con la muerte.

Quizá el destino. La vida. Cosas de primeras veces.