724. TROMPETAS EN EL CIELO
Francisco Molina Plágaro | Checo Minas

No le quedó más remedio que reconocer una vez más cuán certeras se revelaban siempre las profecías de su mujer. No debía haber aceptado aquel trabajo de vigilante en un polígono industrial tan abandonado y alejado de cualquier sitio civilizado.
Sin duda le producía un enorme terror el fenómeno que se escenificaba ante sus ojos, aunque en cierto modo quedaba algo atenuado por la resignación con la que desde hacía tiempo vivía, aceptando estoicamente que las plagas del apocalipsis se iban cumpliendo matemáticamente una tras otra, y ya debíamos andar por la cuarta o quinta.
Un compacto y azulado rayo de luz se había dibujado en el cielo. Se transfiguraba al acercarse en una enorme y brillante forma discoidal que descendía balanceándose en forma de hoja muerta. Inmóvil y aterrorizado comprobó cómo el enorme ovoide azul se quedó flotando en el aire sobre su cabeza a unos veinte escasos metros de altura. Nunca había visto nada semejante, salvo quizás alguna pastilla de jabón de esas modernas que ponen ahora en los hoteles.
Apareció una trampilla en la zona ventral del gran óvalo azul, de la que surgió una cápsula prismática que emitía unas alegres lucecillas y una estremecedora sinfonía como de trompeta apocalíptica, y que fue descendiendo suavemente. Inmediatamente después de tomar tierra, se abrió una puerta y apareció cruzando el umbral de la cápsula con pasos muy cortos una figura espeluznante, un humanoide de unos dos metros de estatura enfundado en un traje plateado. Barrigón, cabeza ancha con orejas afiladas y grandes ojos múltiples como de mosca. Sus cortas extremidades inferiores quedaban rematadas por unos pies puntiagudos tipo babucha marroquí, y unas enormes manos con aspecto de manopla comenzaron a hacer gestos al vigilante para que se acercara hacia él. Hechizado por aquel ser, sus piernas en claro conflicto con el cerebro se dirigieron ineludiblemente al encuentro del espécimen, introduciéndose por fin con él en la cápsula. El ente manipuló no sin cierta dificultad un cuadro de mandos situado en una de las paredes del receptáculo y el vigilante pensó que si el dedo gordo libre de la manopla no acabara en una uña tan larga le haría mejor servicio. Finalmente se cerró la puerta y la cápsula comenzó a ascender lentamente hacia el óvalo. Mientras iban tomando altura, el humanoide miraba hacia el suelo y hurgaba con un objeto metálico en su larguísima uña.
Por su parte el vigilante, al tiempo que mal silbaba con cierto nerviosismo, se dedicó a curiosear las figuras geométricas que decoraban el techo. De pronto, un atávico automatismo se trazó en su mente y dijo con confianza:
–El tiempo está loco. Ayer hacía un calor insoportable y ahora de repente se nos ha metido este frío polar. Menuda pereza salir a trabajar.
El humanoide levantó la cabeza, le clavó su díptera mirada y vocalizó en un tono ronco y metálico:
–¡Pues demos gracias los que aún tenemos trabajo, porque hay que ver cómo está todo!