TRUCO O TRATA
Araceli Flores Hidalgo | ANKAA

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Frente al espejo del cuarto de baño, marco bien la fina línea de mis ojos llorosos y maquillo los moratones. Es la primera noche que me obligan a salir. Voy dando arcadas mientras camino hasta la rotonda en la que tengo que colocarme. Tengo frío, apenas llevo ropa y mi cuerpo tiembla. Estoy aterrada, veo como los coches se paran a la altura de alguna de mis compañeras de piso. De pronto, unos faros me deslumbran, un coche se para justo a mi lado. Empiezo a llorar, miro hacia un lado y hacia el otro, y allí está él, a unos metros detrás de mí, haciéndome gestos con la mano para que me acerque a la ventanilla del coche. Es la primera vez que mi cuerpo va a ser vendido. No puedo pensar, ni sentir… tengo que hacer lo que me piden. En la oscuridad solo se escuchan arcadas de dolor.…



Tres meses después la madame me dice que me trasladan a otro lugar. Un prostíbulo en el que todos los días diferentes hombres compran mi cuerpo: “Si sigues así pronto saldarás tu deuda”, decía riéndose.



No tenía otra opción. Deseaba creerlo. Me darían mi pasaporte y podría volver a mi país con mi mamá y mis dos hermanas menores. Recuerdo mi infancia, como me gustaba más el deporte que la escuela, participaba mucho en torneos de basket y voleibol. Cuando cumplí doce años mis padres se separaron, y empezó a faltar la plata en casa, mi mamá trabajaba y yo cuidaba de mis hermanas. Tres años más tarde estábamos casi en la calle, apenas nos llegaba para comer. Un amigo de mi madre nos propuso que yo me fuera a España a trabajar junto con otras chicas: “Es una oportunidad, cuidarás de niños de gente adinerada, vas a estar bien y ganarás mucha plata”. Mi mamá y yo no lo dudamos, por fin podríamos salir de tanta pobreza, mandaría dinero a casa. Este amigo de mi madre me pagó mi billete de avión y me proporcionó un pasaporte falso. Así fue como llegué a España para convertirme en mercancía para ser usada.



Mi primera paliza fue cuando me negué a acostarme con el hijo de la madame: “tengo que probar la mercancía antes de echarla a la calle”. Abusó de mí y me dijo que si no hacía lo que querían mi madre y mis hermanas iban a sufrir las consecuencias. Fue el comienzo de una deuda que nunca acabaría.



Pasaban los meses y me iban trasladando de un lugar a otro según les interesaba. Me sentía como una máquina tragaperras, atrayendo a clientes, dando premios, vacía. Una noche hicieron una redada en el prostíbulo, nos separaron a todas de la madame y demás proxenetas. Una mujer policía se me acercó y me dijo que no me preocupara que todo había terminado. Salí con las demás, por primera vez me sentí libre. Estaba amaneciendo y el aire limpio acarició mi cara.

-Aurora: Mamá, regreso a casa.