Tú?
Aureliano Pérez Garzón | James Maxwell

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Tenía ya una cierta experiencia. Años de correrías digitales tras un divorcio al uso. Aún así, su garganta le dio la notícia de no funcionar correctamente en el inminente cara a cara. Su mente era una cascada, una réplica de los mensajes íntimos que habían intercambiado las últimas semanas. Un crescendo de mutuo conocimiento excitado por una soterrada ansia . La adultez había comenzado a cuestionar creencias. «Todos queremos ser uno mismo, sin interferencias», se decía a menudo. «Juntos pero no revueltos, que cada uno haga su vida y, si nos va bien, pues nos vemos y lo que surja. Que fluya…».



No aparecía nadie similar a las fotos. Miró el reloj de la tienda de vehículos industriales de la acera de enfrente. «¿Estoy de los nervios?». Un chucho ladró por sorpresa. La señora que acompañaba al animal actuó con superioridad. Empezó a preocuparse por la fiabilidad de su cita.



Cogió su teléfono móvil para verificar la última conversación donde se estipulaba el encuentro, hora y lugar, alguna idea para planificar algo que hacer juntos…. También los disclaimers mutuos y sus correspondientes red flags. Nadie quiere perder el tiempo, especialmente con falacias virtuales, bots y otra fenomenología propia del mundo en línea. Pero no la encontraba. El amasijo de chats en su sistema de mensajería no ayudaba. Tampoco tanta app de citas instalada en un teléfono, algo viejo ya. «Bendita obsolescencia programada», pensó. También pasó por su mente que estaba gastando demasiado tiempo en chatear. En realidad no estaba encontrando sentido a la ordenación de las conversaciones en la pantalla. ¿La habría archivado? O peor ¿la habría borrado? La respiración se le bloqueó. Se apoyó en un coche aparcado, tragó saliva y se desmayó.



Al poco se organizó el típico pequeño tumulto que se organiza en estos casos. Unos cuantos individuos alrededor, la voz angustiada de aquel “llamad a una ambulancia”, un parece que respira… Su teléfono se encendió dentro del bolsillo y quedó vagamente visible la luz de la pantalla a través del abrigo. La luz explotó. Los transeúntes cegados huyeron buscando refugio. Se hizo un silencio, se paró el tráfico, se paró el mundo. De la inconsciencia se pasó al sueño. Mientras, las voces internas y externas se alejaban como el eco. El ambiente urbano de la zona se llenó de palabras de todas las tipografías posibles que flotaban como polichinelas de un baile mal orquestado. Se fracturó el tiempo. Se hundió el ahora.



A lo lejos alguien surgió, quizás de la nada. Caminaba con aplomo. También acudía a una cita. Hacía tiempo que no quedaba, había cerrado la puerta de un corazón que ahora se había abierto virtualmente. A veinte metros vislumbró un cuerpo tumbado en la acera. Un abrigo y una luz opaca y pulsante. «El abrigo es similar al mío. No puedo entretenerme o llegaré tarde. Alguien lo que ayudará. Espera… Es curioso». Se acercó más. Y más. Y más. «¿Yo soy tú?».