Laura Ferrer Burguillo | Daphne

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“Beep beep”. Su notificación en la pantalla.

-Ya estoy abajo-.

Noto como se me electriza el cuerpo.

“No sé por qué me pongo tan nerviosa si ya he hecho esto antes”. Me pongo el abrigo y le respondo.

-Estoy saliendo-.

Al bajar a mi portal, mi cuerpo me obliga a contener el aliento al verle tras la puerta de cristal. Sólo un milisegundo, pero a mí se me hace eterno.

“Es mucho más guapo de lo que me pensaba”.

Y es que sus fotos de instagram no le hacen justicia.

Reacciono, abro la puerta y salgo mientras intento sostenerle la mirada, algo nerviosa. Él opta por ofrecerme una sonrisa, de esas que te resultan familiar.

Nos acercamos, los dos un poco torpes, y lo más que pudimos hacer fue darnos un abrazo tímido, de esos que casi ni te acercas.

Habíamos estado hablando durante apenas unas semanas, y aunque habíamos ganado mucha confianza, todavía teníamos mucho que descubrir.

Durante los aproximadamente quince minutos que tardamos en llegar caminando al restaurante, casi no hablamos. Nos intercambiamos alguna mirada fugaz, a veces con sonrisa incluida, tímida, como dos niños que acaban de decirse que se gustan en el patio del colegio.

Una vez sentados en el restaurante, italiano, nuestro favorito, todo empezó a fluir con más facilidad.

Pedimos vino, queso provolone y pasta. Empezamos a contarnos la vida el uno al otro, desde lo más actual hasta alguna cosa relevante del pasado.

Un pasado que ya conocíamos de alguna forma.

Cuando menos me doy cuenta, estamos con el postre, tiramisú. El tiempo vuela cuando estás con quién te hace olvidarte de él.

Había sido una cita bonita, de las que cuesta tener, con conversaciones largas y silencios cómodos.

Mientras termino mi copa de vino con el último bocado de tiramisú que quedaba, me percato de su mano, que poco a poco se acerca a la mía por encima de la mesa, y casi sin darme cuenta, tenemos los dedos entrelazados y mi corazón se siente en casa.



Hace 7 años que lo dejé con Alonso. Había salido con otros chicos antes, más citas, más primeras veces, más historias vacías. Personas con las que no conseguía conectar.

Y ahora aquí estaba, preguntándome cómo era posible que después de tanto tiempo volviera a sentirme ilusionada. Y con la misma persona.



-Me alegro de que nos hayamos atrevido a tener una segunda primera cita- dijo él.



No supe responderle en el momento, pero le apreté la mano y pensé: “Siempre has sido tú”.