TU FUERZA BRUTA
Emily Jaine Hubbard | Emily Jaine

5/5 - (1 voto)

El veintisiete de noviembre del dos mil once quedamos en la plaza del pueblo. Fue la primera vez que estábamos a solas en persona, pero ya habíamos pasado muchas noches hablando por Blackberry Messenger y Tuenti. Nos conocíamos bien o eso me creía yo.



El transcurso de esa primera cita en la plaza está fragmentada y borrosa en mi memoria. Recuerdo los bancos de ladrillo pintados de amarillo pollo. Recuerdo el árbol en el centro de la plaza con la tierra llena de botellines de cerveza. Recuerdo la discoteca a nuestra derecha y la iglesia a nuestras espaldas. Pero sobre todo recuerdo tu obsesión con acariciarme la piel.



No me soltabas la mano. Me acariciabas la muñeca y los dedos. Decías que estaba nerviosa y que temblaba. Lo estaba. Quizás fuera un presagio de cómo íbamos a terminar tú y yo, pero en ese momento era imposible saberlo. Todos los comienzos son bonitos. Me acariciabas la cara, el pelo, mis muslos protegidos por mis vaqueros pitillos. Todo era tan nuevo, tantas primeras veces. Veía mi vida de color rosa cuando en realidad las señales que indicaban la salida estaban parpadeando como luces de neón.



Comenzaste acariciándome la piel y acabaste de la misma forma. Nuestras primeras veces siempre sucedían de noche. De noche enganchados a nuestros móviles, de noche en la plaza del pueblo, de noche en tu cama, de noche en tu garaje, de noche en los bancos del parque y de noche en el hospital.



Al hospital fui sola. Fue la primera vez en cuatro años de ser tu novia que me dabas permiso para ir a algún lado sin ti, pero claro, supongo que eso de dar la cara se te dio bien y mal a partes iguales. Para darme en la cara, específicamente con un puñetazo en la nariz, eras bueno. Experto podríamos decir porque me la rompiste en dos con un solo golpe. Pero para dar la cara no eras tan bueno, siempre fuiste un cobarde.



Todas las desgracias entre tú y yo ocurrieron tras el atardecer, pero esta era la primera vez que era consciente de ello. Con la nariz desviada y rota, un grifo de sangre rojo chillón abierto sin poder cerrarse, unas lágrimas secas y la respiración agitada me di cuenta de lo bien que me sentía estando sola. Sin tu vigilancia sin tus reglas sin tus órdenes sin tus ojos llenos de juicios sin tus manos con garras que sentían como rosales sin escucharte en mi cabeza con solo mirarte sin tus amenazas sin tu doble personalidad sin tu fuerza sin ti.



Sin ti podía respirar.



Sin ti podía llenar los pulmones.



Sin ti podía dormir sin un ojo abierto.



La primera vez que nos conocimos, en esa maldita cita el veintisiete de noviembre en la plaza del pueblo, me adentré en un túnel largo, ancho y oscuro, pero cuatro años más tarde salí y por primera vez me alegré por estar viva.