Tú también eres tú
JOSE LUIS MARTÍN MENDOZA | JLAWM

4.2/5 - (25 votos)

En pleno barrio de Salamanca, donde las calles rezuman historia y carácter y elegancia atemporal, se encontraba el Cocktail bar «Coffee Pot». Su interior susurraba secretos de antiguos amores y encuentros fortuitos.



Esa noche, el bar era testigo de un encuentro singular: Alba y Javier, dos viejos amigos de colegio, en una cita a ciegas concertada por una aplicación. Se reencontraban tras un cuarto de siglo: él había zarpado de su puerto de confort, encontrando puerto seguro en Londres, mientras que ella había consolidado raíces en el Madrid que le había visto nacer.



El reloj marcaba las ocho cuando Alba entró en el bar. Fue paseando hacia el fondo de la barra, escoltada por las luces tenues que bailaban sobre las botellas de licor. De repente, quedó congelada. Lo vio. El que estaba allí esperando era Javier, con esa sonrisa tranquila, que parecía no haber envejecido.



«¡Javier! ¿Eres tú?» exclamó Laura, con una mezcla de sorpresa, alegría y nerviosismo.



«¡Alba! ¡Tú también eres tú!», respondió él con una sonrisa casi adolescente; sus ojos brillando con la misma intensidad que cuando discutían sobre literatura años atrás. Ambos rieron de lo encantadoramente absurdo de la situación.



Él pidió por ambos y propuso sentarse en uno de los sillones junto a una mesa redonda de raíz de nogal. Mientras el barman preparaba dos cócteles con profesional destreza, ellos se sumergieron en una conversación que ignoraba el tiempo transcurrido.



El hielo se rompió pronto y sus historias fluían licuadas con cada sorbo de sus bebidas. Hablaron de sus alegrías y sus penas, ambos estaban divorciados. Javier escuchaba fascinado mientras Alba le hablaba de su vida y su profesión como publicista y ella se maravillaba con las anécdotas de la vida en Londres.



«¿Sabes? Siempre supe que serías escritor,» dijo Alba, observando cómo la luz reflejaba en los ojos de tigre de Javier.



«Y yo sabía que crearías belleza, de una u otra forma», respondió Javier, usando su tono tranquilo y franco, que ella recordaba.



El ambiente del bar, con su decoración de maderas nobles, su música e iluminación suave, parecía envolverlos en una burbuja sólo para ellos. Las risas y las miradas cómplices se entrelazaban con la nostalgia y el redescubrimiento mutuo.



Cuando ya salían del bar, Javier tomó la mano de Alba mirando sus ojos turquesa. “Me gustaría que cenásemos juntos mañana. No quiero esperar otros 25 años,» susurró él, con una mezcla de esperanza y certeza.



«Me encantaría, sería un honor» respondió ella, intentando disimular el latido de su corazón, al ritmo de los timbales de la Danza del Fuego.



“¿Un honor? Preferiría que fuese un placer” contestó Javier, guiñando un ojo y recordando la novela inacabada por García Márquez.



Se despidieron con dos besos. El segundo de Luis derrapó ligeramente hacia los labios de Lara, pero no llegó a salirse de la senda. Nada más separarse, los dos viejos amigos empezaron a cuestionarse el vínculo que los unía, tejido con hilos de recuerdos y coloreado con la promesa de un nuevo encuentro al día siguiente.