Alejandra Velázquez | Ale

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Encontrarse a uno mismo es, sin duda, el trabajo más complicado a lo largo de nuestra vida.

Malas experiencias vividas hicieron que me encerrara en mi misma. Mientras, la vida pasaba y pasaba, y no era consciente de ello. Sabía que yo sola no podía, pero tampoco tenía fuerzas para pedir ayuda, ni quería sentirme juzgada.

Todo tiene un comienzo y un fin. Y tras años perdidos en una falsa realidad , decidí levantarme de la cama y enfrentarme a lo que estaba sucediendo. Vivía lejos de mi familia, de mis amigos, de mi ciudad.

No quería verme con el mismo pijama de siempre, con la cara triste y pálida, ni con el pelo largo convertido en un moño mal peinado para que no molestara mi cara, ni me diera ningún trabajo.

Me había olvidado de mí por completo, pero empecé a darme cuenta de que esa persona realmente no era yo.

Me pinté, me puse mi vestido favorito, solté el moño mal peinado dejando fluir mi melena rizada negra y me enfrenté a la cita más complicada que posiblemente iba a tener nunca, un cara a cara conmigo misma.

Fue un reencuentro con sentimientos encontrados. No todo el mundo es capaz de mirarse a un espejo y hablarse. De ser objetivo y capaz de aceptar lo que había pasado.

Hay que tener coraje y valor para mirarse a uno mismo a la cara y hacer un recorrido por el pasado, para reflexionar sobre todo lo ocurrido, errores que todos cometemos y decirte lo mucho que vales y que no merecías haber pasado por eso. Pero la vida continúa, hay cosas que se escapan de nuestras manos y no podemos controlar, y hay que seguir adelante.

Pasado pisado, no era ni es mi forma de pensar. Del pasado se aprende.

Sin duda, la primera vez que hablé conmigo misma , fue la cita más intensa, bonita, vergonzosa, de provecho, triste y alegre que había vivido nunca.

Por primera vez, aprendí la importancia de quererse a uno mismo y por encima de todo.

Ojalá todos, en algún momento de nuestra vida, tengamos una cita con nosotros mismos. Sin importarnos lo que piensen los demás.

Me di cuenta, de nuevo, de lo que yo valía, de las metas y sueños pendientes por los que quería seguir luchando, de que hay gente que no te quiere de verdad pero hay que enfocarse en los que sí. De que podía conseguir todo lo que me propusiera.

Desde entonces, mis citas son las más fructíferas. Y aunque no todas son la primera hablando «en tiempo», si en experiencia. Porque cada vez que me hablo o me escucho, el sentimiento hacia mí es el mismo.

Me puse nerviosa, lloré, me costaba hablar, recordar, reí, me enfadé, me decepcioné, me ilusioné, pero siempre salía con una sonrisa en la cara.