Tumba con tumba
Ana Isabel Barberán García | Barbi

Votar

Nunca antes me había muerto, o almenos no de esta forma tan literal, esta era, sin duda, mi primera vez.

Morirse es algo bastante raro, cómo describirlo… no sé parece ni a esto ni a aquello , realmente no se parece a nada pero, ¡que carajos! No se está tan mal. La vida en el cementerio no es tan distinta a la vuestra salvo por un pequeño detalle sin importancia, aquí tenemos tiempo, todo el tiempo del mundo. Paseamos sin prisa y sin agenda, charlamos durante horas de nuestras cosas mientras los más pequeños se divierten jugando a las tabas… porque aquí pelotas no verás pero de ástragalos andamos bien servidos.

Algunas noches hacemos quedadas en la esquina de los tres cipreses para escuchar las historias de los más viejos, los que llegaron aquí hace un par de siglos. Rocambolescas historias con olor a naftalina, a rancios amoríos, celos color verde envidia y otras pasiones prohibidas. Esas historias que jamás tendrás la dicha de escuchar, historias devoradas por el olvido y que ahora duermen a dos metros bajo tus pies.

Morirse a los treinta y soltera es una gran faena, pensaba yo al escuchar aquellas fantásticas historias de amor que ya nunca tendría la oportunidad de vivir… o eso creía yo.

Cuando ya había aceptado que lo más escitante de mi flamante y recién estrenada eternidad se reducía a pegar sustos a algún vivo cansino, de esos que nos llenan las tumbas de flores de plástico, ¡ocurrió!. Si… todo cambio cuando mi vecino, tumba con tumba se vino a vivir aquí, yo ya estaba inflada como un globo reventón y mi piel era puro mármol, por lo que calculo que nos enterraron con una diferencia de cuatro o cinco días.

Yo me hice a mi nuevo hogar con una facilidad de pasmo mientras que él era un lamento vivo… bueno, ¡ya no!

Creo que no se lo vio venir, lo de el camión de la cerveza digo… y pasar de una vida cómoda con sofá de cuero y tele de plasma a un ataúd forrado en raso blanco, ultra brillante y la mar de hortera en menos de lo que canta un claxon, no debió ser tarea fácil. Por aquello de la capilaridad y los niveles freáticos compartimos fluidos una larga temporada, más o menos hasta que nos quedamos en los huesos, el caso es que una tarde tras unas cuantas andanzas del más allá al más acá ida y vuelta, nos tumbamos relajados cada uno en su ataúd raído y ajado por el pasar de los años, cuando sentí que colocaba en mi dedo un pequeño anillo de raíz de ciprés trenzada.

-» Querido, quizás ya sea tarde «- argumenté nostálgica.

Y con esa sonrisa inmortal casi perfecta a falta del segundo molar inferior derecho, contestó:

-» No querida, quizás… quizás sea eterno «-