ÚLTIMA PARADA, “ESTRELLA”
Senén Plaza López | Senén

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Hoy llego muy justo. Está todo calculado; a las 19:07 horas subo al metro en «Noviciado» para volver a casa. Si no surge ningún imprevisto, él montará a este mismo vagón a las 19:15 horas desde la estación de «Callao».



Hace tres meses de la primera vez que lo vi. Se sentó frente a mí y me dedicó una sonrisa de «por los pelos no lo he perdido». Desde ese momento, no puedo evitar centrar mi atención en él. No es ni más guapo ni más feo que otros chicos, pero me parece especial. Aunque nunca he creído en nada sobrenatural, siento como si hubiera algo que nos une. Me siento atraído por su presencia, por su sonrisa.



Desde entonces, me preocupo por vivir los 20 minutos más felices del día. Una tarde más, haremos trasbordo en «Príncipe de Vergara» y seguiremos hasta la parada de «Estrella». Por inercia, siempre subo en el mismo vagón; por necesidad, intento situarme lo más cerca de él.



Ayer fue la primera vez que rozamos nuestras manos; en un acelerón inesperado, ambos buscamos el mismo trozo de barra para no caernos. Él solo me dijo «perdona» con su sonrisa. Yo asentí con la cabeza quitándole importancia. ¡Qué bien huele! Hubiera matado por otro acelerón o frenazo que me hubiera tirado en sus brazos.



Hemos llegado a nuestra parada; normalmente, él siempre va con prisa. Sube las escaleras de salida de dos en dos y lo pierdo. A veces imagino que su prisa es no llegar tarde a la cita con su novia. Prefiero no pensarlo, me hace estar triste.



Hoy, sorprendentemente, no va con prisa; camina a escasos metros de mí, cuando de repente se le cae un sobre del bolsillo. No lo pienso ni un segundo; la voz me sale del cuerpo con la fuerza del llanto de un niño recién nacido.



«Perdona, se te ha caído esto», le digo.



Él se gira y me mira sonriendo, como cuando mira su móvil respondiendo algún mensaje, como cuando se levanta de su asiento para cedérselo a una persona mayor, o como cuando pide permiso entre la multitud para hacerse un hueco en el vagón.



«¡Gracias!», me responde.

«Hola, me llamo Alberto», me dice por primera vez.