1551. ÚLTIMO AMOR
Alejandro Solozábal Sánchez | Juan de Mirmanda

El fin del mundo fue anunciado por el telediario de las ocho.

Al parecer, un meteorito iba a colisionar con el planeta en dos horas, interrumpiendo de golpe quince conflictos bélicos, treinta crisis económicas, y los esmerados intentos de Jacobo Polín de ocultarle sus sentimientos a Jessica Estrada.

Mientras miraba boquiabierto la pantalla del televisor, Jacobo pensaba con rapidez en lo que le quedaba de vida. Una idea cruzó su mente. Calzó sus bambas y vistió su mejor chaqueta de cuero. En el fragor de la desesperación, salía a buscar el amor con la valentía de la rata acorralada.

Encontró a Jessica en el parque, volviendo de su turno, ignorante aún del destino del planeta. Jacobo la tomó de la mano de repente. Y allí, en mitad del barrio donde habían crecido, hincó rodilla en la tierra amasada por las palomas y dejó que su corazón hablara. Lo cierto es que el corazón se tomó la libertad de hablar durante diez minutos. Pero qué minutos.

Habló del cielo y de la tierra, de la miseria de la ausencia y el éxtasis de la piel caliente. Sus comparaciones recorrieron todos los tópicos y los renovaron en un monólogo que sacudió a las tumbas y avergonzó a los poetas. Ni siquiera se dio cuenta cuando un soneto le salió solo, con una rima y métrica tan perfecta que una pareja de ancianos que paseaba al perro a unos metros se desmayó.

Nunca se había oído declaración como aquella, ni se oiría jamás a partir de entonces. Era una condensada perla de la belleza del mundo, un eterno lienzo de lo efímero y precioso, lanzado al viento y, frontalmente, a la cara de Jessica. Y todo ganaba enteros al considerarse que el mundo iba a terminar en cuestión de minutos.

Pero entonces el meteorito, habiendo escuchado la declaración, conmovido ante tal belleza y sincera poesía, decidió en el último segundo desviarse, para que tal historia de amor fuera posible, para que en el universo la vida mereciera ser vivida un día más. El cosmos entero dejó escapar un suspiro de tierna emoción.

La Tierra estaba salvada.

Jessica, a todo esto, había escuchado entre la sorpresa y la fascinación. En el silencio de la noche, Jacobo esperaba la respuesta, con la sangre aleteando como una paloma blanca. Lamentablemente…

— Es que a mí el que mola es tu hermano, Jacobo — dijo Jessica, enrojeciendo por momentos, antes de sentenciar con un terrible —: Pero gracias, qué bonico.

Jacobo palideció como la luna.

Un silencio mortal se hizo en todo el cosmos: la vergüenza ajena resonó en los universos paralelos. Tanto que, incapaz de soportarlo, el mismo planeta que acababa de salvarse se encogió, y dejando escapar un pedo nuclear se hizo estallar por solidaridad, engullendo todo en el armagedón definitivo, incluido el parque, a Jacobo, y toda memoria del incidente.

Miles de millas más allá, un meteorito aceleraba por medio de carambolas orbitales, mientras salía corriendo del Sistema Solar evitando mirar al resto de astros.