559. ULTRATERRESTRE
Jorge Lozano Vara | Keoki

–¿Y ahora qué hacemos?
–Nada, se ha resbalado él solito y se ha dado en la cabezota. Nosotros no hemos hecho nada.
–Joder, nos van a mandar a Guantánamo.
–¿Has estado alguna vez en Cuba? –Preguntó el doctor Romano mientras sacaba la cabeza de las entrañas del alienígena, con una incomprensible felicidad en la cara–. Esto está hueco, pringoso, pero hueco.
El doctor Silva miraba con asco las babas rosáceas sobre el suelo, alrededor del cuerpo extraterrestre, con los brazos en jarras y poquísima preocupación. El agente Johnson trataba de calmarse y pensar soluciones, su trabajo era asegurarse de que el contacto se llevaría según lo planeado, pero ahora el cabezón estaba muerto sobre el suelo del laboratorio.
–¿Cuánto tardaríamos en contactar de nuevo? –Preguntó Johnson–. Que otro reemplace a este.
–Meses. Y a ver cómo se lo dices –Contestó Silva–. Que su… diplomático se ha matado y que necesitas otro. Serán ultraterrestres, pero no imbéciles.
–¡Le recuerdo que está tan metido en esto como yo! ¿Y por qué los llamas ultraterrestre?
–Es el término más adecuado.
–¿Y no puedes llamar más rápido?
–No. Y además, a mí no me gusta el trato con la gente, así que imagina con ultraterrestres.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! «¡Abran la puerta, es una orden!». La habían bloqueado desde dentro y la acreditación del general, que gritaba al otro lado, no funcionaba, lo cual le cabreaba aún más. Johnson ya se imaginaba con un mono naranja y un saco en la cabeza, el general aporreaba la puerta y el extraterrestre estaba abierto como un cruasán en el suelo. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
–¡Dámelo! –Johnson agarró el cuerpo y se metió en él, como si se vistiese con un peto–. Abrid la puerta.
Silva trotó hasta la puerta y la desbloqueó, el general entró como una furia. Nada más ver al alienígena, de pie frente a él, se detuvo en seco, abrió muchísimo los ojos y la mandíbula se le descolgó.
–¡La virgen santa!
El alienígena no era muy alto, pero Johnson medía casi un metro noventa y había estirado el cuerpo como un chicle. El general retrocedió unos pasos y miró a Silva.
–¿Nos puede comprender?
El alienígena asintió lentamente, su rostro, falto de elementos humanos, aterraba al general. El alíen abrió los brazos lentamente.
–No tenga miedo, es cariñosete –Dijo Romano. El general buscó la confirmación de Silva y este asintió con una mueca de complicidad–. Venga, dele un abrazo.
Mientras el general se acercaba, temblando, el enorme alíen torció la cabeza. El general se podía ver reflejado en la inmensa oscuridad de sus ojos, pero finalmente lo abrazó. El alienígena comenzó a acariciar la calva del general con suavidad, pringándola de moco rosado. De repente, en mitad del abrazo, el alíen comenzó a vibrar, a la altura de la cintura; suerte que Johnson se acordó de silenciar el móvil.