Un amor entre tinieblas
Beatriz Andrés Regalado | Tana

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Cuando el fin del mundo parecía un poco mas cerca, cuando el miedo se quedo encerrado en las casas, hubo personas que permanecieron fuera, que paseaban por las calles vacías, por un Madrid abandonado, que casi tenia un toque poético, hacia mucho tiempo que las calles de la capital no tenían esa hospitalidad, quizá el miedo hace al ser humano mas real y más cercano y es que en aquellos días cuando el mundo parecía llegar a su fin, podías caminar por gran vía mientras salía el sol y volver a casa dando los buenos días a los policías que visiblemente cansados contestaban con una sonrisa.

Pero sin duda cuando volvías a casa el miedo y las preguntas atormentaban mi cabeza como la de toda persona que vivía encerrado en cualquier rincón de nuestro país, fue en ese momento donde por aburrimiento o por humanidad una simple aplicación decidió unir el camino de dos personas que caminaban en un mundo que parecía llegar a su fin.

Es curioso como el marco temporal hace que las primeras conversaciones marquen el transcurso de una historia, nunca podré olvidar los esquemas de antibióticos, yo que solo sabia de las relaciones sociales.

Eran momentos de turnos interminables, cereales y conversaciones, cuando todo se acaba siempre hay una persona que hace de faro en el camino.

Fueron tiempos de mensajes de animo de otros hospitales, de botellas de vino después de largos turnos. Pero el fin del mundo no podía separar algo que ninguna guerra consiguió, siempre por muy oscuro que sea el tiempo, cuando dos personas quieren al final consiguen estar juntos. Y nosotros teníamos algo que mucha gente anhelaba un dni y papel de turnos, después de trabajar todo ese tiempo oscuro nos habíamos ganado un momento de respiro un momento de paz en ese horrible caos.

Como quien atraviesa una guerra entró en Madrid en el primer tren que salía de salamanca y llego a Atocha como quien huye de las bombas, en esa estación hoy llena de vida en la que solo se escuchaban rezos por un nuevo futuro.

Después de un viaje de nervios, mensajes y fotos, él estaba ahí con su camisa nervioso y expectante, por primera vez en meses su quirófano no importaba, el centro no importaba, los móviles estaban apagados. Sentados en un pequeño bar de la plaza de Alonso Martínez decimos comenzar nuestra primera noche, no había espacio para mascarillas, el alcohol, la risa y algún llanto fue el inicio de una historia que duro, lo que duro el fin del mundo, lo que duro una cena en un pequeño bar, lo que duro la pandemia, lo que dura una luz en medio de la noche mas oscura, lo que necesitábamos para conseguir llegar a puerto. Y es que a veces la mejor primera cita, no es mas que un abrazo en medio del caos, ese faro que te lleva a puerto, esa historia que te permitió entender que siempre hay esperanza.