791. UN ARITO DE ALAMBRE
Enric Ortiz Vanaclocha | El desafortunado John Wilson

Pocos saben que el inventor del llavero no fue la misma persona que lo patentó.
John Wilson era un vecino de Arkansas. Su familia era dueña de casi la mitad de los locales comerciales de su ciudad natal. Esto hacía la gestión de llaves algo horrible. Con casi 300 propiedades entre garajes, casas y bajos comerciales los Wilson estuvieron a punto de venderlo todo para evitar tener que realizar tantas gestiones.
Un buen día John, que por entonces tenía 40 años, pensó en una solución. Agujereando un extremo de la llave y pasando un pequeño hilo por ella podía portar varias llaves. El único problema que le encontró al hilo fue la fragilidad, que hacía que durara poco. Fue por ello que decidió cambiar el material y hacerlas de alambre. Este fue el material perfecto, era más resistente y esto le permitía mayor seguridad.
En el llavero que había creado podía colgar las casi 300 llaves que tenía, de las cuales las más importantes (oficina, casa, coche, buzón y cinturón de castidad) tenían un color distinto. Sabiendo que su idea era buenísima y que podía producirse en masa decidió ir a registrarla a la oficina de patentes. Cuando puso su mano en el bolsillo para sacar las llaves del coche se dio cuenta de que el mejor invento del mundo era también la peor maldición. Porque poder tener todas las llaves juntas significaba poder perder todas las llaves juntas.
A un par de calles de allí a un mendigo mexicano sin papeles le había sonreído la fortuna. Aquel artilugio con cientos de llaves unidas con un alambre no tenía mucho sentido, pero entendía lo útil que era desde el primer momento. Quien hubiera perdido aquello era alguien con muy buenas ideas. Al principio probó las llaves una a una en diferentes edificios hasta que pudo abrir alguno para empezar a vivir. Repitió el proceso de pasear por Arkansas e intentar abrir las cerraduras de las puertas que aquel llavero (como lo llamó) tenía. Le costó 3 meses pero con estos paseos consiguió todas las escrituras y posesiones de John Wilson.
Al cabo de seis meses el mendigo, que ahora se hacía llamar Mr. Llavero, vivía su mejor vida. Y John Wilson vagabundeaba las calles por el error de un día sin dejar de maldecir su suerte. Intentó volver a los lugares donde lo conocían, pero su aspecto desaliñado (y su reputación de personaje intratable) hizo que nadie quisiera ayudarle. Y lo peor era que el cinturón de castidad no le dejaba caminar bien.
Cuando ya había pasado un año del cambio de suertes Mr. Llavero comprobó que aquel artilugio que le había solucionado la vida no estaba patentado. Sabiéndolo cogió el coche, fue a la oficina de patentes y lo patentó. Tanto bien le había traído el invento que lo usó incluso para llevar siempre consigo la patente. Hasta que un día perdió el llavero, y sacó el llavero que tenía con la copia de todo porque no era idiota.