Un asiento vacío
Rosa Isabel Cándido Mateu | Ros Dido

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Siempre éramos, más o menos, los mismos usuarios de ese tren. Caras que ya resultaban conocidas, a fuerza de verlas de lunes a viernes a la misma hora, esperando subir al vagón o ya montados en él, durante meses.



Desde que comencé en mi nuevo trabajo, a 35 km de mi casa, se repetía diariamente el mismo ritual: subíamos al tren de las 7:43, los habituales ya nos saludábamos con un gesto de cabeza, y al subir parecía que cada uno tenía ya su asiento asignado: los dos universitarios que escondían la cara entre apuntes y libros, la mujer de gesto amable que cuidaba enfermos en el hospital, la señora que acudía a ocuparse de sus nietos, siempre con el bolso abrazado sobre su regazo…y ella.



De mirada huidiza, con unos ojazos que alcancé a ver alguna vez que, ocasionalmente, se quitó las gafas, siempre bien vestida aunque con ropa modesta, y una sonrisa tímida que me aceleró el corazón cuando me descubrió mirándola.



Comencé a imaginarme hablando con ella, tomando un café, paseando cogidos de la mano; sin embargo, pasaban los días y no me atrevía a decirle nada. No podía seguir así.



Así que la semana pasada me levanté una mañana decidido a pedirle una cita. Me esmeré un poco más de lo habitual en mi imagen, y me puse esa colonia que guardo para las ocasiones importantes.



Llegaba el tren, me temblaban las manos por el nerviosismo, pero pensé: “en cuanto suba, me dirigiré a ella directamente, y le diré…no sé, algo se me ocurrirá, pero de hoy no pasa”.

Se abrieron las puertas, subí de un salto, y cuando miré emocionado en dirección a donde suele sentarse…el asiento estaba vacío.

Aturdido, pensé que quizás me había equivocado de vagón, pero no, eran las mismas caras de siempre.



Ha pasado una semana, y sigo cruzando los dedos para que, al montar en el vagón, ella esté allí, y poder pedirle esa ansiada cita.

Ya oigo el pitido del tren.

Quizás sea hoy.