765. UN ASUNTO IMPORTANTE
Alfonso Clemente Domínguez | Rubio de Boston

Sin duda alguna. El doctor McGuffin era el mejor especialista en cirugías de extirpaciones inversas con óctuple bypass transverso con asistencia de nanoalbernacas. Para él, cada paciente era un puzzle único a resolver y siempre ponía todo su esmero en trabajar lo mejor posible, al servicio de la mejor práctica posible.
—Bisturí —pedía el doctor McGuffin.
—Bisturí —confirmaban sus asistentes al entregarle en mano el objeto solicitado.
—Gasa.
—Gasa.
—Sudor.
—Sudor
—Aspiradora.
—Aspiradora.
—Hummmm… —dijo el doctor— veo esto estable, faltaría extirpar aquí, conectar allá…, poco más. Después sólo quedaría cerrar al paciente. Pero antes debo salir de la sala a atender un asunto muy urgente de vida o muerte. Mantengan todo como está y a mi vuelta continuaremos.
—Pero…, doctor, ya sabe que no puede marcharse así, con el paciente abierto —dijo su asistente.
—Es necesario. Confíen. Todo saldrá bien.
El doctor salió mientras se desprendía de sus accesorios y su bata, resoplando. El perlado inundaba su frente. Anduvo rápido hacia la salida, casi corriendo. Enfiló el pasillo y bajó las escaleras sin esperar el ascensor. Pasaron un par de minutos y, desde la ventana, lo vieron salir del hospital por la puerta principal y subir a su coche, marchándose calle abajo a toda velocidad.
Durante la ausencia del doctor, el personal que lo acompañaba en aquella intervención hizo un gran trabajo, manteniendo al paciente estable todo el tiempo. Mientras tanto, se lanzaron entre ellos tantos comentarios y miradas de resignación como segundos pasaban. Sin duda alguna. El doctor McGuffin era el mejor, pero tenía sus cosas de tipo raro.
Volvió el doctor como una estrella de rock que sale a comerse a su público con patatas. Brillando, con un nimbo resplandeciente, la frente alta y una hilarante sonrisa que traspasaba su rostro de oreja a oreja. Su aire renovado indicaba que no era el mismo doctor que antes había salido de esa sala. Entró empujando con energía las dos puertas, que cimbraron levantando ventisca a su paso.
—¡Bien! —dijo cuando se terminó de ajustar la bata, los guantes, las gafas, la mascarilla y el gorro— Continuamos.
—Doctor. Esta vez ha estado una hora fuera. Una hora, por Dios. ¿Podría evitar hacernos esto de nuevo?
—Lo siento mucho, pero ya lo saben todos, sólo soy capaz de cagar en mi casa.