UN BESO CON LENGUA
MARÍA VENTURA SANABRIA CABALLERO | TURA SANABRIA

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UN BESO CON LENGUA

Miré a aquél hombre sentado al otro lado de mi mesa como a un verdadero extraño. No le reconocí hasta que le pedí el D.N.I. y confirmé su identidad. Hasta entonces, solo sus preciosos ojos verdes, embutidos en esa cara regordeta y descuidada, me recordaban a alguien sin poder identificar a quién.

Han pasado treinta años desde entonces. Ahora sonrío con ternura al recordarlo.

Le conocí en el viaje de fin de curso, en el barco a Mallorca. Mis catorce y sus diecisiete eran una bomba de relojería. Tenía los ojos verdes más bonitos que había visto nunca y que resaltaban, como inmensos faros, en su piel cobriza. Era alto y atlético y su sonrisa blanca y perfecta me cautivo desde el momento en el que coincidimos por primera vez en la proa del barco. Nos pasamos, las horas que permanecimos en el barco, cruzando miradas y dando como casuales los encuentros fortuitos tan y tan planificados.

Recuerdo mi estómago y como se encogía y ardía cada vez que le veía. Tanto sus compañeros de clase como los míos, no eran ajenos al flechazo. Codazo por aquí, codazo por allá. Tía, tía, tía, mira cómo te mira. Joder, que bueno está. Tía, tía, que viene. Y finalmente vino, nos cruzamos los teléfonos y hablamos y reímos toda la noche junto con el resto de compañeros.

Íbamos a hoteles distintos, por lo tanto la semana pasó sin vernos en la isla y he de reconocer que sin pensar apenas en él. Era mi primer viaje con mis amigos y compañeros y un desfase absoluto de nuevas experiencias, todas ellas vivas en mi corazón a día de hoy.

Al regreso volvimos a coincidir en el barco. No sé decir cómo, ni porqué estábamos solos, pero en un momento de la noche, sentados bajo ese vestido de lentejuelas que lo ocupaba todo, me envolvió con su majestuoso cuerpo y me besó.

Había visto en tantas películas besos de amor, con lengua y sin lengua, que tenía la absoluta certeza de que mi primer beso sería apasionado y digno de recordar. Y vaya si lo recuerdo. Recuerdo que abrió la boca y comenzó a mover su lengua intentando alcanzar la mía, pero sin presionar mis labios, por lo que su lengua parecía una babosa viscosa y pegajosa esparciendo toda su baba por mi boca. Me dio tanta repulsión, que no pude evitar sentir arcadas y salí corriendo para no vomitarle encima.

Es curioso como en décimas de segundo puedes cambiar un sentimiento de admiración o deseo a uno de repulsión absoluta.

Hoy he sentido lástima al verle tan deteriorado. Sé que me ha reconocido, pero ninguno de los dos hemos dicho nada. Seguimos siendo dos extraños que un día sintieron admiración el uno por el otro durante el tiempo exacto que duró un beso.

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