657. UN BROWNIE
Francisco Javier Gil Rumí | Javi Rumí

Dos dedos temblorosos presionan la cebolla. La ayudante de cocina en prácticas intenta, lengua fuera, hacer un corte en juliana perfecto, irreprochable, de manual. Junto a los fogones, el chef, conocidísimo internacionalmente por su exquisito dominio de la cocina mediterránea y por su tremenda mala hostia, pregunta, desaforado, dónde cojones está el salmonete. Automáticamente, la ayudante, taquicárdica, mira hacia el horno humeante y exclama: “¡EL SALMONETE!”.

En la mesa tres, los ojos de Julia se desvían en dirección a la cocina. Frente a ella, María despliega una sonrisa tierna y le pregunta que qué mira. Azorada, Julia responde que nada, que allí, que a ningún lado, que por qué lo dice. María, que intuye algo, sonríe y calla.

Morritos, guiño, sonrisa. Lucas no para con los selfies y Susana, abochornada, resopla. Del chico ingenioso y simpático del que se enamoró hace años en la carrera de Marketing ya no queda nada, solo un cascarón vacío con cien mil seguidores en Instagram. Bien, pues todo para ellos; lo tiene claro: cuando lleguen a los postres se acabó.

En la cocina, el chef está que trina. Que el salmonete valía un dineral. Y la ayudante, que bueno, que un salmonete tampoco es que… La palma del chef estalla contra la encimera: “¡¿Quieres que te despida el primer día?!”. La ayudante: “¡no, chef!”. Y el chef: “¡que me llames Toni, leches, que no estás en la tele!”. Después, más calmado, despliega su dedo índice para señalar los postres. “Venga, coge un brownie y lo cortas por la mitad”. “¿Para qué?”, pregunta ella. “Paraguayo”, responde el chef, que tiene también sus toques de humor.

“Lucas, tenemos que hablar”, masculla Susana, nerviosa. Pero Lucas está ocupado eligiendo un filtro para la foto del postre. “Un momentito”, dice el pobre diablo. Y Susana: “no, Lucas, es que no va a haber más momentitos”.

En la mesa tres, María apura el brownie en dos bocados. Julia la mira boquiabierta. “¿Estás bien?”, le pregunta. María, asperjando sirope, responde que sí. Mareada, Julia se levanta y camina hacia la cocina. Y allí, preocupadísima, exclama: “¡¡¡el brownie estaba vacío!!!”. La ayudante, negacionista: “¿cómo va a estar vacío si yo misma he metido el anillo?”. El chef, aterrorizado: “¿en el brownie de la mesa tres o el de la dos?”. Se esferifica en la cocina un silencio espeso que explota al escucharse, de pronto, un aplauso proveniente del salón.

Corren todos y, al llegar, observan a un chico que llora emocionado mostrando una alianza a la cámara de su móvil. “¿Qué opináis?”, pregunta a los seguidores de su emisión en directo. “Qué envidia…”, musita María desde su mesa con los ojos tristes. “¡Sí, quiero!”, grita al fin Lucas, eufórico, pensando en la de followers que va ganar. En el servicio nocturno del restaurante de moda los comensales vitorean, el chef aprieta el puño, la ayudante se encoge de hombros, Julia frunce el ceño, María suspira y Susana, atónita, se muerde las uñas clavando sus ojos en el brownie desmigado.