163. UN BUEN ESCONDITE
Ana Maria Abad Garcia | Manatí

La rata asomó el hocico por detrás de la pata de la mesa y sonrió, una sonrisa que pretendía ser afable y amistosa: al fin y al cabo, su única intención era tranquilizar a la anciana. Pero lo que vio la buena mujer en el rostro de aquel bicho inmundo fue una mueca taimada y agresiva, así que agarró una escoba y comenzó a perseguirla por toda la habitación, escobazo va y escobazo viene, chillando como una posesa.
Cuando el animalillo consiguió escabullirse, al fin, por el agujero del muro y ponerse a salvo del enojoso artefacto, decidió que aquella maldita bruja no se merecía para nada su ayuda, y que ya le podían ir dando morcillas. Se instaló cómodamente en el montón de billetes que inundaban su madriguera, y dejó que la vieja siguiera revolviendo en vano armarios y cajones, en busca el dinero que escondió su difunto marido.