1260. UN BUEN PLAN
María Caballero García | Candela Llamas

Mañana es mi aniversario. Treinta años llevo padeciendo al mismo hombre. Celebramos las bodas de perla. Sí, de perlas me iría si no me hubiese casado con él. Lo digo porque el amor se fugó de nuestra casa cuando anuncié que esperábamos mellizos. A las ecografías iba con mi hermana. Mi marido no podía faltar al trabajo. Me echó la culpa de traer dos, como si me gustase cargar con el doble de peso. Y cuidar sola de dos bebés tras el parto. Vicente nunca ha sido muy niñero. Quiso cubrir el expediente, para que no le tachasen de poco hombre por no dejar preñada a la parienta. Ocuparse de los niños, la verdad, nunca se ocupó.
Cuando me quedé embarazada la segunda vez, temió perder la partida de dominó en el bar e ir al fútbol los domingos. También salir de juerga los jueves por la noche con los compañeros. La excusa que ponía siempre eran los balances. En su empresa se pasaban las semanas con los dichosos balances. Tantos como hacían y no fueron capaces de descubrir que su jefe se llevaba el dinero a Andorra y les dejaba las deudas a los empleados. Durante ese embarazo, Vicente apareció un día más cariñoso de lo normal. Creí que quería echarme un polvo. Fue una falsa alarma. Él no me deseaba preñada. Temía dañar al feto y nos tirábamos nueve meses de abstinencia. Así nos iba. En cuanto paría y pasaba la cuarentena, hacíamos el amor a todas horas y, claro, me volvía a quedar embarazada. Ese día, que llegó tan cariñoso, me dijo: «Mira, Puri, he pensado que dejes de trabajar y te dediques a cuidar de nuestros hijos. Ya haré yo más horas extras para que no os falte de nada». Acepté. Me pareció que eso era el verdadero amor y, en realidad, me estaba haciendo el lío. Él siguió con sus planes semanales. A mí me tocó renunciar a todo lo que me gustaba: la partida de cartas donde Nieves; ir al bingo con las amigas, y llegar tarde a casa. Mi excusa era que en la peluquería se solía presentar alguna buena clienta a última hora y no podíamos rechazarla.
En el fondo, quiero a este gordito bigotudo. Lo que no soporto es que me quite la ilusión por las cuatro cosas que me hacen feliz. Como cenar en Lamucca por nuestro aniversario, en el de Serrano, por supuesto. Él, en cambio, se empeña en organizar algo romántico en casa. Con romántico quiere decir cenar en pijama. Poner velas y apagar la luz, por cambiar. Cuando terminemos, preguntará: «¿Te has puesto la lencería de pendón?». Y le haré un estriptis: con el pecho caído, la barriga con estrías y las piernas con varices. Lo de todos los aniversarios. En esta ocasión se equivoca. O me lleva al restaurante o el estriptis lo hace él. Incluso le obligaré a que se depile; los orangutanes no me ponen cachonda. Voy a reservar para mañana.