Un café intenso
Ana Belén Arbués Ramos | Belna

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Cuando mi mejor amiga me llamó para decirme que esa tarde tenía una cita pensé que era una broma; y si no lo era, ¿qué había sido de la Andrea que yo conocía?

—He quedado a las cuatro para tomar un café con un chico —me dijo en cuanto respondí a su llamada—.

—¿En serio? ¿No te habrás registrado en una de esas aplicaciones de citas que siempre dices que no te gustan?

—Pues sí. Ha sido cumplir los treinta y cambiar de idea.

—¡Vas a tener tu primera cita a ciegas! Si no lo veo, no lo creo.

Me contó que habían estado enviándose mensajes unos días y que intercambiaron un par de fotos con visibilidad de una sola vez. Aunque no le parecía que fuese peligroso, me pidió que fuese por mi cuenta a la cafetería por si acaso necesitaba ayuda.

Tal y como quedamos, yo acudí un cuarto de hora antes para avisarla si veía aparecer al susodicho, del que solo sabía que tenía el pelo negro, corto y ondulado, que llevaba algo de barba y que era delgado.

Me senté con mi café en un sitio desde el que podía contemplar casi todo el local. El sonido de las cucharillas chocando con las tazas reinaba en el ambiente, acompañado del murmullo de diferentes conversaciones.

Tras unos diez minutos vi entrar a un hombre solitario con una apariencia similar a la que esperaba. Se sentó en un taburete de la barra y yo avisé a mi amiga por teléfono.

Andrea vino rápidamente y entró muy decidida. Pasó a mi lado y ambas nos sonreímos con disimulo. Se acercó al hombre de la barra y le besó en las mejillas sin darle tiempo a reaccionar. Al ver la cara de desconcierto con la que le respondió, supe que él no era su cita. Ella se disculpó y vino hacia mí ruborizada, pero en ese instante entró un joven que la saludó enseguida.

Pidieron un par de infusiones y se acomodaron en una mesa arrinconada. Todo parecía ir bien: dialogaban, sonreían y se les veía a gusto. Pasada media hora empecé a aburrirme y decidí distraerme con mi teléfono móvil, levantando la vista de vez en cuando para vigilar. Una de esas veces los vi besándose y, unos minutos después, ya no estaban en su sitio. Pensé que se habrían ido sin que me enterase, pero sus chaquetas seguían colgadas de las sillas. Miré hacia la barra y tampoco los vi. ¿Dónde se habían metido? Observé que en los baños de mujeres había fila para entrar. ¿Habrían sido capaces de encerrarse juntos allí? Me levanté con la intención de comprobarlo y entonces salieron los dos del baño, con evidente expresión de satisfacción en sus rostros, haciendo caso omiso a los reproches de las que esperaban.

Estaba claro que mi amiga ya no me necesitaba. Era el momento de revisar mi cuenta de Tinder. Me apetecía tomar otro café, pero mejor en compañía.