130. UN CONEJO, UNA GABARDINA Y UNOS RULOS.
Alba Nevado Nieto | Alba Snow

Bien es sabido que con la llegada de la primavera, los corazones se alteran y que cuando calienta el sol los chicos se enamoran, es la brisa y el sol.
¡Pues aquí tenemos que situar a nuestra protagonista!
Una muchacha lozana, guapa, enigmática, hormonalmente desbordada y con ganas de que le de mucho la brisa, se dirige a la casa de su chico. Esta diosa despampanante va vestida única y exclusivamente con una gabardina, sí, sólo eso. Unos auriculares que la hacen sentirse súper empoderada mientras escucha: «Yo soy tu gatita, tu gatita. Así que explota como dinamita. Soy gata y aráñame el corazón», unos stiletto rojos que ponen en peligro el equilibrio y un maquillaje perfectamente ejecutado son los complementos perfectos para una noche de pasión.
A estas alturas del relato, creo que ya has adivinado que estoy hablando de mí. Pues sí, mis desgracias e infortunios son dignos de presentar al concurso. ¡Sigamos!
Habiendo conseguido bajar las escaleras del metro sin caerme de boca y romperme un par de dientes, porque el presupuesto no me da para cogerme un Uber y creerme la mismísima Beyoncé.
Habiendo aguantado los mil olores insoportables característicos del transporte público y sus continuos arranques y mareos.
Habiendo soportado la mirada de varios individuos pre y post pajilleros más la de alguna que otra señora de capilla.
Habiendo llegado a mi hora a la puerta de mi Romeo de rizos infinitos y sonrisa amable.
Habiendo hecho todo esto, podría haber caído en el error de sentirme cansada, sucia, juzgada o sin ganas de «portarme mal». ¡Pero no! No, no y no. Yo seguía sintiéndome la mujer más sexy del planeta. Hoy iba a ser mi gran día y mi chico caería rendido a mis pies justo nada más abrir la puerta. Por eso y por el calentón, llamo al timbre, me desabrocho la gabardina dejando ver mi cuerpo hermoso y mi depilación brasileña, y digo con tono meloso: «Hola bombón».
De esa puerta no salió mi novio, ojalá. Salió la madre que lo parió, teléfono en mano mientras hablaba con «La Paqui» del pueblo y unos rulos recién puestos. La milésima de segundo que tardé en taparme y morirme de la vergüenza, mi suegra lo aprovechó para decirle a «La Paqui» entre carcajada y carcajada: «¡Ay por Dios, nena! ¡Lo que acabo de ver! Un conejo recién pelao’¡Qué gracioso! ¡Marcos, ven! ¿Desde cuando comes conejo? Si no me dejas que lo eche cuando hago arroz».
Mi novio apareció en la escena con los ojos desorbitados y media risa fuera. Yo no podía mediar palabra y me quedé petrificada. A lo que mi suegra reaccionó colgando el teléfono e invitándome a pasar para que «no pasara frío y se constipase el conejo». Unos minutos después, llevando un pijama prestado de mi chico, sentada en el sofá con mi suegra y esperando a que se rompiera aquel silencio incómodo, dije: «Por lo menos no me dejé la forma de corazón, como me dijo la china»