UN DÍA CUALQUIERA
Recaredo Refojos González | REKA

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Me asomo con cuidado a la puerta para contemplarte a hurtadillas. Te veo ahí, sentada en la esquina del sofá, la espalda recta sin apenas apoyarla, las manos sobre las rodillas, mirada fija, ensimismada, quizás tímida y nerviosa. No lo creo. Lo parece pero no lo creo. Un mechón de tu pelo azabache resbala por la frente hasta detenerse delante de la nariz. No te molestas en devolverlo a su lugar. No estorba. Lanzo un beso al aire sabiendo que no lo has visto y me vuelvo hacia la cocina para terminar de preparar la cena. Nuestra cena romántica. Compruebo que todo está en orden en la mesa: tu plato frente al mío; servilleta de tela bien enrollada sobre él ─sé que no te gustan las de papel─; dos pequeñas velas encendidas y el búcaro de jade en el centro, con una rosa blanca (soy consciente que tiene un par de días pero todavía se mantiene fresca). Regreso a la sala. Sigues en la misma posición, esperando. Me acerco al tocadiscos y pincho uno de nuestros boleros favoritos. La música inunda por completo la estancia. Reaccionas y me miras. Te sonrió agarrándote la mano con suavidad. Iniciamos un corto baile mientras nos acercamos a la mesa. Te dejas llevar, más por los Panchos que por mí. «Reloj no marques la hora /porque voy a enloquecer /ella se irá para siempre /cuando amanezca otra vez».…

Nos sentamos, frente a frente, quiero seguir disfrutando de tu mirada, de tu sonrisa, tu mechón de pelo, tan travieso. Apenas rozo tu mano, para no asustarte, señalo el plato, con la tortilla francesa y la ensalada, mientras te susurro: «Sé que no son los camarones y vieiras de nuestra primera cena en Casa Pote, pero como si lo fuesen, mi amor».

─Antonio ─me dices, abriendo mucho los ojos. Sonríes levemente.

─Dime Pepica ─te respondo, con una lágrima a punto de escapar, sabiendo que, aunque me miras sin mirar, ya no me vas a decir nada más.

Poco a poco terminas la cena. Nuestra primera cena romántica; la de cada noche; la de todas las noches desde hace ya ocho años. Como fondo, en bucle, sigue sonando nuestro bolero:

… «Detén el tiempo en tus manos /haz esta noche perpetua /para que nunca se vaya de mi /para que nunca amanezca».