51. UN DÍA CUALQUIERA PARA EL FIN DEL MUNDO.
Alvaro Navarro Meiro | Oriem

Que sea hoy el Apocalipsis no está cambiando para nada mi rutina habitual. La tostadora ha quemado las tostadas, que después han caído por el lado de la mantequilla – y la mermelada- sobre la alfombra recién recogida de la tintorería. El café ha pasado de estar hirviendo cual magma, a quedarse tibio; como la cara de mi jefe, cuando entre en su despacho, dentro de un par de horas, a pedirle un aumento.

Para ser el último día, aquel en el que todo debería importarme un cojón de pato, sigo haciéndome las mismas inocuas preguntas durante el desayuno. Como al leer que el brick de zumo, entre sus cualidades divinas, pregona ser un exprimido de naranjas seleccionadas. Seleccionadas sí, pero ¿por quién?

Y así y más todo el día. Un calentador de agua sin suficiente capacidad para una ducha completa. Un periódico lleno de noticias que desinforman. Un autobús que llega con retraso y a rebosar de gente sin alma. Conductores endemoniados con las muñecas dislocadas de tanto golpear el claxon que parecen clamar al infierno que ha llegado la hora. Negacionistas de los intermitentes cambiando bruscamente de carril, cual jinetes de la devastación humana, sobre sus caballos de 2 ruedas…

Quien vive en una gran ciudad como Madrid sabe más del caos y del Apocalipsis que el mismo San Juan. Así que yo, el fin de los días, lo vivo con cierto escepticismo y desasosiego. Y voy a trabajar. A un trabajo que odio, un infierno que soy incapaz de dejar para dar alas a mis anhelos. Y, como mandan los cánones del viernes, algún “angelito” de mi empresa ha aprovechado la excusa del Armagedón para faltar, así que tengo que quedarme hasta tarde haciendo horas extras. Horas extras que, por supuesto, no me van a pagar. ¿Qué más podría ir peor?
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Miro el reloj de mi muñeca. Recuerdo que lo llevo 5 minutos adelantado para no llegar nunca tarde. Suspiro. ¡Ojalá que se acabe ya el mundo!