907. UN DÍA DE GLORIA
Miguel Ángel Escudero Eble | Pantaleón

Mi situación económica era desesperada. Llevaba mucho tiempo sin empleo, y estaban a punto de desahuciarme. Aún no sé por qué decidí entrar en aquella sucursal bancaria.

Un tipo con flequillo y un bigotito minúsculo me pidió que tomara asiento.

-Buenos días. ¿Qué desea?
-Pues verá. Necesito un préstamo.
-¿Un préstamo? Claro. ¿Qué cantidad?
-Pues… Cincuenta mil euros –dije casi susurrando.
-¿Cincuenta mil? Concedido –dijo él.
-Verá… Ahora mismo no tengo nómina porque…
-¿Nómina? ¿He dicho yo algo de nómina? No hace falta. Usted tiene cara de buen tipo.
-Vaya, gracias. ¿Y a qué interés?
-Sin intereses –dijo.

Sin poder creer lo que estaba pasando dije algo para disimular:

-Me gusta su corbata.
-¿La quiere? –dijo antes de quitársela y ofrecérmela.
-No, no pretendía… Bueno, gracias –dije antes de coger la corbata y guardármela en el bolsillo.
-Bueno –dijo él-. Vamos a formalizarlo. Un préstamo de cincuenta mil euros. A devolver en ¿cuántos años?, ¿cincuenta, por ejemplo?
-Sí. Cincuenta estaría bien -dije-. ¿Qué cuota mensual me quedaría?
-¿Quiere pagarlo en cuotas? Si lo desea, puede usted devolver el préstamo a su vencimiento. O sea, dentro de cincuenta años.
-Perfecto… ¿Y no podrían ser cien mil euros? –pregunté armándome de valor.
-Ningún problema. Aunque tengo que empezar de nuevo porque ya había introducido los datos en el ordenador.
-Lo siento –dije-. No se preocupe. Dejémoslo en cincuenta.
-¡Por favor! No es molestia –dijo él-. Lo repito las veces que hagan falta. Para eso estamos.

Terminó de teclear en su ordenador y dijo:

-Bueno, pues ya está. Un préstamo de cien mil euros a devolver en cincuenta años, sin inter…
-¿Sabe qué? –interrumpí-. Creo que van a ser doscientos mil.
-¿Doscientos mil? Oki Doki. Vuelvo a empezar.

Me relajé y me entraron unas ganas terribles de fumar.

-¿Se puede fumar aquí? –pregunté.
-Depende. Yo no. Usted sí –dijo antes de sacar una caja de puros del cajón de su escritorio.

Aquel habano era excelente. Me sentí en el paraíso, repanchingado en mi cómodo asiento mientras que Hitler (así lo bauticé debido a su parecido con el Führer) tecleaba en su ordenador. Cuando terminó, subí la cantidad a trescientos mil para seguir disfrutando el puro.

-Bueno, pues hemos terminado. Le ingresaremos el dinero en su cuenta corriente. ¿Le pido un taxi? –preguntó.
-No, gracias. He traído mi coche.
-¿Está muy lejos? ¿Quiere que le lleve en brazos?
-Se lo agradezco –dije, y Hitler me llevó en brazos hasta mi coche.
-Vuelva cuando quiera –dijo.

Arranqué el coche y pude ver por el espejo retrovisor como Hitler agitaba un pañuelo blanco para despedirse.

Un año después había dilapidado el dinero en un par de negocios ruinosos. Volví a aquella sucursal bancaria, pero ahora era una tintorería. Los empleados juraron y perjuraron que aquel era un negocio familiar de más de treinta años y que no conocían a nadie que se pareciera a Hitler.

Por eso le rezo cada día. Él es mi religión y sé que algún día volverá. Mi querido Führer.