UN DÍA DE SUERTE
Estela Larios Macías | Stelarmac

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UN DÍA DE SUERTE



Me sorprendió su presencia y no me dio tiempo a decirle, que yo no era quien ella esperaba.

Se desprendió de su abrigo parloteando y en aquel arco de tiempo, pude haber sido franco con ella, pero su desparpajo sumado a esa dulce voz, fue el motivo de mi silencio, escuchando como ella se disculpaba veinte veces. Bueno, se disculpaba con un hombre que no era yo, por supuesto. Dejó su bolso en la silla contigua y suspiró, soltando el aire como si se hubiese desprendido de algo muy pesado.

Como psicólogo que soy, podía entender su lenguaje corporal y leía entre líneas. Estaba nerviosa y no pude evitar identificarme con ella. Hacía meses que no tenía una cita por el estrés y la ansiedad que me causaba. Sí, soy un profesional reconduciendo situaciones ajenas pero, como se dice: «en casa del herrero cuchillo de palo». Así que.. pedí vino, unos platos al centro y, entre risas y conversaciones banales, tuve una cita estupenda con una completa desconocida.

Como no quería hacer saltar la liebre, le sugerí empezar de cero. No quedarnos con la idea de la que una tal Amanda, nos hubiera hablado al uno del otro, si yo fuese ese hombre que se levantó antes de tiempo en aquel bar. Gracias a mi suerte, que aquel día me sonreía, accedió.

Y allí tenía frente a mi una chica guapa, simpática, elocuente y que se mordía el labio con un infantil gesto, que me volvía loco. Allí estaba ella disfrutando de mi compañía y yo ni por un instante pensé, que algún día, tendría que explicarle todo aquello.

Cuento más avanzaba la noche y más relajada estaba ella, más intranquilo estaba yo. Porque descubrí que le gustaba la lectura, que el otoño era su estación favorita y que su sonrisa, me obligaba a entrecerrar los párpados. Joder, ¡deslumbraba!.

Bajo la cornisa del bar, en la puerta, nos despedimos. Y mientras miraba como su cabello bailaba al compás de sus pasos alejándose, no pude evitar el subidón que te da la felicidad. El corazón que palpita recordándote que sigues vivo, la mente nublada por las mil posibilidades que se desplegaban delante mis ojos y sin pensarlo, la retuve por la muñeca, tras dar varias zancadas y alcanzarla.

Llevaba toda la noche hablando, sin preocuparme de que pensaría de mi. Horas en las que aquello me había parecido un juego y, cuando se detuvo mirando nuestra mano unida, todas las dudas de siempre cayeron sobre mis hombros. Las que siempre me hacían parecer un estúpido y por las que siempre terminaba solo.

¿Por qué aquella vez iba a ser diferente?.

Quizá fue por cómo se unieron nuestros labios, pos nuestra sonrisa compartida cuando apoyamos la frente una sobre otra, no lo sé. Pero no tuve miedo a las primeras citas nunca más.





Estela Larios Macías.