278. UN DÍA DE SUERTE
Jesús Montoro Louvier | Sebástian Tull

Hora punta, día de suerte, estoy sentado. La gente entra a borbotones empujando hacia atrás, hacia los lados. Arrastrada por la multitud observo a una señora con bolsa. Avanza lentamente buscando agobiada un asidero que no encuentra. Desde atrás la presión aumenta. La mujer se vence hacia mí sin saber dónde poner las manos, ni la bolsa.
Siguiente estación, otro chorro de personas. Ahora la bolsa descansa entre mis piernas. Veo los brazos de la señora sobre mi cabeza totalmente extendidos, con las palmas de las manos apoyadas en la ventana que hay tras mi asiento. Me pide disculpas con una sonrisa forzada, las acepto con un breve “no se preocupe”, aunque creo no me escucha, sus pechos me presionan la cara amortiguando cualquier sonido que intento emitir. Percibo las costuras y aros del sostén. Cada poco ladeo la boca como un pececito fuera del agua, buscando un resquicio donde oxigenarme.
El tiempo parece haberse detenido, sigo sentado y con serias dificultades para respirar. En tal situación debería sentir calidez y sin embargo siento frío, un frío gélido que se extiende desde mis piernas al resto del cuerpo. Miro la bolsa, es de congelados. Está a tope y pesa. Por el tamaño del bloque debe contener un pavo, de esos americanos de Acción de Gracias. Aguanto cinco estaciones sin una queja hasta llegar a mi parada. La mujer de pechos que nunca olvidaré se apea, yo también debería haberlo hecho dos paradas atrás, pero no puedo, las piernas no me responden, me cosquillean, he perdido toda sensibilidad. Otra vez llegaré tarde al trabajo, murmuro, mientras medito que puñetas le voy a contar esta vez a mi jefe.