1022. UN DÍA TRANQUILO
Maria Dolores Garcia Serrrano | Lole G.

Narciso se sirvió una generosa taza de café y, con los cigarrillos en el bolsillo de su batín, se dirigió a la galería que daba directamente a la frondosa rosaleda posterior.
Sacó los cigarrillos del bolsillo y parsimoniosamente se colocó uno en la comisura de los labios y, antes de poder encenderlo, de algún lugar del jardín, oyó unos gritos desgarradores.
-Gggamón. Gggamón –oyó en un cierto tono afrancesado-. Giró rápidamente sobre sí mismo, a fin de identificar al responsable de tan desmesurado estruendo, con la desdicha de derramar la taza de café, no sin antes alojar, en su interior, el cigarro que se había desprendido al abrir la boca por la desagradable sorpresa, sobre el pulido suelo.
Una mujer, menuda, despeinada y con un abrigo cuatro tallas mayor de lo necesario se enfrentó a él al otro lado del vidrio. Puso los brazos en jarras dejando ver que el abrigo era su única prenda. Narciso ahogó un grito de desasosiego.
-¿Ha visto a Gggamón?-Preguntó la mujer con aire retador.
-No. Lo siento –contestó con el tono de voz más pausado que la situación le permitía.
-¿Quiere hacer el favor de salir de esa jaula y venir a ayudarme a buscarlo? –continuó gritando-. Seguro que ha tenido un accidente mortal.
Antes de que Narciso hubiera abierto la puerta de la galería ya había la mujer localizado a Gggamón; no sin antes haber gritado ese nombre una veintena de veces.
-Aquí, aquí –oyó entre una de las rosaledas.
Se acercó con premura. Gggamón era un hurón que se había enzarzado entre las frondosas ramas de los rosales impidiéndole cualquier movimiento. La mujer lo tenía entre sus manos mientras el pequeño ser se agitaba incómodo.
-¡Sáquelo de aquí de una vez! – aulló la mujer-. ¿No ve que no puede salir de sus estúpidos rosales?
-Mis rosales no son…-se detuvo entendiendo que esa conversación no era pertinente en aquel momento-. No llevo mis guantes de jardinería y……
– Me da igual –contesto la mujer dirigiéndole una airada mirada de muerte inminente.
Narciso se inclinó y empezó a apartar cuidadosamente las ramas que aprisionaban al pequeño animal. A pesar de su generosa acción veía claramente que, tanto la mujer como su hurón, seguían cada uno de sus movimientos y no, precisamente, con cariño.
Unos segundos después Gggamón pudo recuperar su legendaria actividad muscular y, a pesar de estar entre las manos de la mujer, se revolvió y encarándose a Narciso con agitación, lanzó varias de las ramas, y sus púas, directamente a su entrepierna . Ya, sin decoro, emitió varios gritos de dolor y angustia mientras indicaba a la mujer, con un gesto del dedo índice, donde se hallaba su desazón y la trascendencia de ayudarlo de inmediato.
Diversos intentos después, liberado de sus adoradas rosas pero no del dolor que lo atenazaba, regresó, con caminar arqueado, a servirse otra taza de café humeante volviendo a su galería a fin de poder tener un día tranquilo.