1571. UN ESTANQUE PARA UN BESUGO
Tristany Naharro i Oriol | Sirnacio

Sin ser hombre político ni de Dios, Osorio tenía el aspecto y el tamaño de un cerdo. Una prominente y blanduzca barriga, una cara sin cuello, unos bigotes negros de gato y unas manos que parecían guantes de cocina eran parte del grosero aspecto que siempre había acarreado esa pobre alma.
Soltero de profesión, trabajaba en una pequeña tienda de pescado, cerca de la plaza central del pueblo de Hummer. Las campanas tocaron las cinco. Como era usual los jueves, un grupo de adultos pasó por delante la tienda camino al trabajo. Amigos por formar parte de una población selecta, quedaban para comer y beber en la posada aprovechando la pausa del mediodía. Como también era usual, el vino había hecho detener al grupo delante la tienda de Osorio, convirtiendo a este en un juguete. Diego, el más apuesto y cabecilla del grupo, empezó la ofensiva comparando el aspecto de Osorio con la de un cerdo infectado que había tenido que tratar hacía poco. Los demás se unieron con ganas a la ofensiva. Osorio hacía ver que no los escuchaba, miraba hacia la mesa y seguía cortando pescado con gesto nervioso. Esta vez el ataque fue breve pues el rey de la región visitaba el pueblo al día siguiente y debían atender los preparativos.
Cuando se fueron, Osorio sudaba y temblaba de ira. Con la habilidad y belleza del pintor vació unos pescados con el cuchillo. Con la vergüenza y discreción del perdedor se metió en la trastienda a llorar.
Osorio amaneció con una sonrisa pícara, algo había cambiado en él. Después de comer, se infiltró al campanario con un cubo. Diego y sus compañeros aparecieron por la calle con sus mejores galas y su expresión soberbia y llena de determinación. Cuando estuvieron debajo, Osorio hizo gala de su habilidad con el cuchillo, mezcló trocitos minúsculos de cebolla y tripas y las esparció al vacío. Como si de nieve se tratara, una nube gris oscuro fue deslizándose por el aire hasta llegar a inundar el espacio visual de Diego y los suyos. Los ojos empezaron a enrojecerse y aparecieron los primeros estornudos, los trozos de tripa y escamas no tardaron en humedecer e impregnar las ropas y las lágrimas fluyeron como ríos. Se miraron perplejos, se olían, tosían, alguno intentaba aguantar la náusea, otros levantaban la vista al cielo intentando entender y pidiendo perdón, arcadas, inquietud, miedo, furia, histeria. E a pelearse por quedarse con la prenda del otro menos dañada, Diego no aguantó la presión de ver al rey con ese aspecto y huyó del lugar corriendo patoso hacia casa, esta vez, llorando de verdad.
Osorio, complacido, bajó del campanario y también cogió el camino a casa. Era un día especial y no tenía intención de abrir la tienda.
Osorio llegó a su casa, se lavó las manos y puso en la mesa el mejor y de los almuerzos. La madera de la silla soltó una risa al notar el peso sobre ella.