Un favor
Alejandro de Juan | Adán Reloj

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Julio salió de la habitación, y encontró inmediatamente lo que buscaba. Había una señora mayor sentada en la sala de espera, tejiendo una prenda enorme con sus agujas de punto.

Julio se acercó despacio, eran casi las 4 de la mañana, y no quería asustarla.

—Disculpe —dijo intentando mirarla a los ojos. La mujer miró a ambos lados antes de aceptar que el adolescente larguirucho le hablaba a ella.

—¿Yo?

—Sí, usted. Quería pedirle un favor, si no le importa. — No pudo evitar mirar al suelo mientras hablaba.

La señora sonrió y apoyó las agujas en su regazo.

—Claro que no, hijo. ¿Qué necesitas? Sabes que no trabajo aquí, ¿no? Estoy visitando a una amiga, que se ha caído. Sólo aceptan a familiares, así que he dicho que soy su hermana y no han dicho ni mú. Pero acércate, espera que quito el bolso y te sientas.

Julio aceptó el asiento, callado mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas.

—¿Estás bien? Vamos a hacer las cosas como Dios manda. Yo soy Amelia, ¿tú cómo te llamas?

—Julio. Y siento mucho lo de su amiga, espero que no sea nada grave —. Amelia le indicó con la mano que no lo era. —Verá, yo estoy aquí por mi abuelo. Está ingresado en esa habitación. La doctora nos ha dicho que sólo lo quedan unas horas.

—Ay, lo siento mucho hijo, ¿necesitas llamar a alguien? —dijo Amelia poniendo una mano en el hombro del chico.

—No, muchas gracias, mi familia ya está de camino, pero no sé si van a llegar a tiempo de despedirse. El caso es que mi abuelo es muy religioso, pero nosotros no. Y esperaba que usted lo fuera. Disculpe si me equivoco.

—Para nada, has acertado. Y es verdad, los de mi quinta somos casi todos católicos, eran otros tiempos. ¿Quieres que rece por él? Estaría encantada de hacerlo. —Amelia se puso a rebuscar en su bolso.

—Algo así, pero no exactamente —continuó Julio, más relajado. —Quería pedirle que me enseñara a rezar. A veces he acompañado a mi abuelo a misa y nunca sé qué hacer. No me sé las palabras correctas y no tengo ni idea de cuando ponerme de pie o sentarme. Pero esta vez no quiero fingir, seguro que le hace ilusión que recemos juntos, aunque yo no crea. ¿Podría enseñarme un padrenuestro o algo de eso?

Amelia sacó un rosario de su bolso y trata de disimular su sonrisa de oreja a oreja.

—Será un placer.

Julio suspiró aliviado. —Muchísimas gracias, no sabe lo que se lo agradezco. Vale, esto es lo poco que me sé. Ave María purísima, eh…

Amelia intervino para que el chico dejara de sufrir. —Ay hijo, no, el padrenuestro es otro. Anda, vamos a la cafetería, te convido a algo y te enseño, ¿qué te parece?

—Muchísimas gracias, de verdad —soltó Julio, agobiado. —La invito yo, deje que le lleve el bolso.

Se levantaron y se dirigieron al ascensor, alumno y profesora de religión improvisados, listos para su primera clase.