1375. UN GATO EN PELOTAS
SORAYA MARTÍNEZ MARTÍNEZ | CARDAMOMO

Los que nacemos en la capital llevamos tatuado en la piel “Madrid” con asfalto. Y no te digo ‘naa’ si además, te has criado en el barrio de Lavapiés y tus padres –sereno de ‘toa’ la vida en Leganitos, él, y dependienta en Simago, ella–, son nacidos en Madrid e hijos de madrileños de los que conocieron en el Manzanares las truchas ‘arco iris’.
O sea, que soy gato, gato.
Nosotros ni tenemos pueblo, ni parcela de esas ‘de finde’. Ni falta que nos hace. Tenemos El Retiro, que tiene todas las especies florales del planeta. Y si ya lo que quieres es perderte en un bosque, te vas a la Casa de Campo. Además puedes ir por el aire y en minutos, desde el mismo centro del mundo, hasta la sabana africana. O sea, de Plaza España al zoo, en el Teleférico.
Como gente abierta que somos, nos gusta compartir nuestra ciudad con todo el que quiera venir y así, como el que no quiere la cosa, me he traído a unos foráneos, a las castizas fiestas de San Isidro. Han preferido comerse las gallinejas y los entresijos en una mantita sobre la pradera, que el año que viene la pondremos artificial, que así estará siempre verde.
Uno de los rurales comenta un no se qué, de la falta de conexión de los madrileños con la naturaleza, y yo, que estoy puesto en el tema, porque veo bastante la 2, explico que simplemente abrazando unos minutos a un árbol del parque, nos llenamos y recargamos de toda la naturaleza necesaria para un año.
Y como prueba de ello, busco a mi alrededor el pino más gordo que hay y, quitándome la americana, me arremango un poco la camisa, para abarcar todo lo que puedo el tronco con los brazos.
En fin, que para darle más bombo, me restriego bien contra el árbol, y moviendo los pies de puntera a tacón, como practicando el chotis, voy dando una vuelta completa abrazado al tronco.
Con cara de placer, me dirijo al grupo haciéndoles ver que voy lleno de naturaleza hasta las trancas. Pero ya antes de llegar, empiezo a notar un tremendo picor por todo el cuello y espalda. Tal es el escozor, que parezco la niña del exorcista bailando twerking. No sé donde rascarme, porque me pica todo.
No me da tiempo ni a desabrocharme los botones de la camisa. Los arranco.
Me escuecen las ingles, las nalgas y pantorrillas, así que, sin pensarlo, tiro los Martinelli como si me hubiera dado un calambre, y me quito los pantalones como un rayo. No sé si he arrastrado el gayumbo con él, pero me da igual.
Sé que algo me está picando o que alguna alergia me ha atacado de repente, pero no tengo idea de qué es.
Alguien dice algo de la ‘procesionaria’, y yo me imagino en pelotas, con los calcetines bien subiditos e intentando rascarme los omoplatos, detrás del santo. ¡En procesión!
Vamos, ¡un gato en pelotas!