214. UN HOMBRE SIN SOMBRERO
Alejandro Morellón Mariano | Gepetto

UN HOMBRE SIN SOMBRERO

Todo el mundo tiene su sombrero salvo un hombre que corre desesperado, con esa desesperación propia de alguien que acaba de perderlo todo. Se diría que le ha saltado directamente de la cabeza al suelo, precipitándose calle abajo, impulsado por una corriente de aire que sopla solo cuando él está cerca. Luego, el sombrero coge distancia, rueda con más celeridad y se interna entre la multitud. Al hombre le invade la angustia y se lanza a la carrera, con el temor en los ojos y los brazos estirados; chilla y le suelta improperios a su sombrero fedora de fieltro marrón, ala estrecha y cien por cien pelo de conejo. El sombrero, sintiéndose prófugo, tuerce una calle, se interna por una avenida, dobla una esquina y se precipita cuesta abajo en un paseo con pendiente. Tiene un no-se-qué de desplazamiento enérgico y triunfal. Podría decirse, entre que sortea una piedra y se cuela entre las piernas humanas, que el sombrero saborea la libertad adquirida, orgulloso de ese impulso heroico de abandonar la cabeza. Ese salto de fe. El hombre corre y suda debajo del traje, percibe ese frío anómalo en la calva y es ahí cuando se vuelve consciente de su pérdida: sabe que no es nadie sin su sombrero, solo un hombre calvo que corre y se desespera, y sigue corriendo hasta que le faltan las fuerzas, hasta darse por vencido y quedarse con la cabeza descubierta y con la vergüenza, la soledad, el abatimiento de los que no tienen nada con lo que cubrirse la calva. El sombrero, que entiende de sinuosidades, esquiva un puesto de castañas asadas, aprovecha un embate de aire y cruza la calle entre dos coches. Tiene que reconocerlo, es un sombrero elegante hasta en el rodar. El hombre se arremanga la camisa y estira los brazos otra vez como si pudiera llamarlo de vuelta. ¿No ha trabajado duro toda su vida para merecerse ese sombrero? Ahora lo ve alejarse por esa calle pronunciada, parece que va a detenerse pero recibe una patada de un transeúnte despistado y vuelve a ganar velocidad. Ahora lo ve cambiar el ritmo y meterse por una calle transversal y juraría que está jugando con él, efectuando algunas cabriolas, haciendo gala de su autonomía. Pega un silbido como quien llama a un perro para que vuelva, pero claro, el sombrero no es un perro y, además, tiene mucho más orgullo. El sombrero gana presteza en su insubordinación y se lanza por un despeñadero. Rueda con fuerza hasta el borde del precipicio y luego se deja caer al vacío, planea, se sirve de su línea aerodinámica para descender como quien se hunde poco a poco en el agua. El hombre no duda. Vuelve a ser todo determinación. Corre con la lengua fuera y la calva empapada de sudor mientras piensa en todas esas otras cosas que va a perder si deja escapar el sombrero. Luego salta.