1112. UN HORIZONTE VERTICAL
Luis San José López | Patato

Era tiempo de pandemia y mascarillas cuando me enamoré de sus ojos. Ojos negros como el azabache, como el cielo de una noche sin estrellas. Había salido a su terraza para aplaudir, como todas las tardes. Yo también estaba salido, comprobando que el mundo no se había terminado todavía, imaginando que no fueran zombis todas aquellas personas que me dejaban ver solo la mitad de su cuerpo.
Digo, que era tiempo de pandemia y mascarillas; también de soledad. Desde la terraza, giró su rostro embozado y me clavó con alevosía sus dos puñales negros. Puñales que alteraron mis circuitos sin darme tiempo a pensar en los peligros que esconden los burkas y mascarillas, pues pueden encerrar la más ignominiosa de las traiciones.
En poco tiempo, me vi bailando al son de sus palmas, viviendo juntos. Así funciona la necesidad. Una vez superada la época del susto, he terminado acostumbrándome a verla sin mascarilla, siempre con la esperanza de encontrarle los labios que faltaban en su boca, el otro juego de labios.
Una mañana, ataviada únicamente con su inseparable mascarilla, se puso delante del espejo de la cómoda y retorció su cintura para verse la espalda en toda su extensión. «¡Necesitamos ejercicio, cariño!», dijo acariciándose la parte donde la espalda cambia de nombre. Aquel plural no me pasó desapercibido. Se embutió después en un culote, cuatro tallas menos de la que le correspondía, se volvió hacia mí, como si yo también fuera un espejo, retorció su cintura para enseñarme cara y culo al mismo tiempo. «¿Te gusta?»
Me gustaba. Tan escaso, tan ceñido… dicho, además, con aquellos morritos y parpadeos al estilo Daisy, suficientes para enloquecer al mismísimo Pato Donald. «No me engañes, ¿te gusta de verdad?». Se lo quitó lentamente, me lo arrojó a la cara y nos dispusimos a sudar durante quince minutos.
Estaba yo con el postrer cigarro del ayuntamiento, cuando espetó: «Debería coger una talla más grande, ¿no te parce?». Evidentemente, no andaba fina en matemáticas. «No digas nada, no importa, pero tenemos que adelgazar, cariño, hacer ejercicio. Por cierto, puedes ir aparcando tu ridícula bici». Y con unas palmaditas, tan solo dos en esta ocasión, sentenció sin mirarme: «¡Anda, vístete, si quieres conocer mi sorpresa».
Nos estaban esperando en la tienda. Era roja, flamante, larga, muy larga, con sus dos ruedas, dos pedales y dos sillines. «¿No dices nada?, mira que eres soso, cariño, esto es lo que necesitamos, un tándem, mucho mejor que tu bicicleta de soltero. ¡Ah!, le he pedido a Mariano que haga unos cuantos apaños para quitarle peso, ¿no es ideal?, vamos a ser la envidia de todo el vecindario, siempre juntos, mi amor, hasta que la muerte nos separe, que por algo estamos en gananciales».
No hubo negociación posible. Sumergí mi cara en el horizonte vertical de su trasero y no he dejado de dar pedales desde entonces, como tampoco he dejado de preguntarme por aquella curiosa manera de aligerar el peso quitando sus pedales. Sólo los suyos.