505. UN JUBILADO SE PASEA
Francisco Sena Fernández | Jubilator

UN JUBILADO SE PASEA
Iba yo camino de mi casa y me crucé con un individuo de cara vagamente conocida, que se fijó en mí e hizo un gesto de asombro parecido al mío.
Él fue el que inició la conversación.
– ¡Hombre!
– ¡Caramba!
– ¿No serás?
– Me parece a mí que……
– Yo creo…
– Pues pienso lo mismo.
– O sea, que tú…
– Sí, sí. Soy yo. Y tú, eres……
– Sí señor. Yo soy yo.
– El mundo es un pañuelo.
– Parece mentira. Los años que habrán pasado.
– Un siglo, una eternidad. Y ahora, aquí estamos.
– Vivitos y coleando, como en los viejos tiempos.
– Con más años que Noé, pero aquí estamos.
– Pero yo te veo igual que siempre.
– Pues lo mismo te digo.
– Con algunas arrugas más, eso sí.
– Y con algo menos de pelo.
– Y con canas.
– Señal de que hemos vivido. Por cierto, ¿sabes algo de……?
– Murió. Si te refieres al empollón, murió.
– ¡Vaya por Dios! Pero me estaba acordando de aquél que iba para seminarista.
– Murió también. Y aquel que jugaba tan bien al fútbol, también murió.
– ¡Cagondiez! Pocos vamos quedando.
– Bueno, algunos quedamos. ¿Te acuerdas de uno que hacía poesías?
– Sí, creo que sí. Me parece que era de un pueblo de la provincia y su padre tenía caballos.
– Caballos, no. Lo que tenía era un rebaño de ovejas.
– Puede ser.
– Pues ese pegó un braguetazo y se casó con la hija única de un ricachón de Bilbao cuando hizo allí la mili.
– Los hay con suerte. En cambio, otros…
– Hombre, a otros no les fue tan bien. Por ejemplo, el que llevaba el pelo al cepillo, se ahorcó.
– Mira, mira, mira. Cambiemos de tema. ¿Y qué fue de la hermana tan guapa que tenías?
Aquí le cambió la cara al sujeto y, tras una breve pausa, me dijo:
– Yo no tuve ninguna hermana. Yo fui hijo único.
Fue entonces cuando empecé a sospechar que algo no iba bien.
– ¿Pero tú no eras el que vivía junto a la Delegación de Hacienda?
– ¿Qué me estás diciendo, si yo vivía un poco más arriba de la iglesia de San Jerónimo?
– ¿San Jerónimo? Primera vez que oigo ese nombre. Y tu padre ¿no era el que trabajaba en Correos?
– Un respeto; mi padre era juez de primera instancia.
Llegados a este punto, ambos retrocedimos un paso y, tras una pausa, él puso el punto y final con un seco:
– Pues que te vaya bien.
– Lo mismo digo -le contesté.
Nos separamos y volví la cara en dirección a donde se alejaba mi interlocutor, quien, en ese momento, hacía un gesto, como atornillándose la sien con el índice. Yo, por mi parte, me sopesaba la parte baja de la entrepierna de abajo a arriba y de arriba abajo.
Y pensé: -¿quién será este tío?