277. UN MAL DESPERTAR
Jesús Montoro Louvier | Sebástian Tull

Todas las madrugadas tras dejar sonar el tercer “bipbip” de mi alarma, le digo entre bostezos a mi Santa que estoy hasta el moño. Seguidamente me giro, volteo la almohada, estiro el cuerpo hasta hacerlo chasquear y me vuelvo a dormir como un bendito tronco, con una secuencia cuasi perfecta de cinco respiraciones cortas, dos profundas y un ronquido que, por ser ligero, no llega a molestar.
Cinco minutos más tarde el despertador me vuelve a avisar de que soy un afortunado asalariado y que mi querida familia depende de mi esfuerzo. Y yo le respondo a la fortuna rascándome a mano llena, a fin de estimular el torrente sanguíneo y mejorar, por ende, la oxigenación de un cerebro reticente a abandonar la placidez del lecho.
En esas maniobras estoy cuando en el gotelé del techo empiezo lentamente a distinguir a un trío de amantes haciendo cosas imposibles y, al lado, lo que parece ser la cabeza de un toro al que le falta un cuerno. Parpadeo, y en un instante los amantes han cambiado de posición y al toro le falta ahora el cuerno contrario. ¡ALUCINANTE!
Se hace tarde, es hora de levantarse, pero despacito. Una hinchazón en la entrepierna me advierte que tengo toda la sangre del cerebro concentrada ahí y no quiero marearme. Sentado en la cama espero a que el asunto se relaje y la sangre fluya a zonas más elevadas. Al tiempo tanteo el suelo con los pies en busca de mis zapatillas de osito.
Sigiloso cual felino avanzo hacia el baño sin percance alguno, hasta que un pico salido de la nada decide que no tiene otra cosa mejor que hacer que joderme la rodilla.
Escucho un sonoro ¡¡CRASH!! y hago por contenerme. Soy bueno, me digo, no hagas ruido. Entonces pienso en mi Santa, en los niños, en el hámster y en los vecinos del cuarto. Todo ello discurre ante mí en una décima de segundo, y consigo aguantar sin abrir la boca, creo, el segundo entero.
Pero soy intolerante al dolor desde muy pequeño, así que finalmente decido aliviarme y GRITO: “¡¡ ME CAGO EN LA PUUUUTA !!”.
Tan viril suena que me sorprendo a mí mismo, y repito la frasecita, pero esta vez más suave por no importunar más de lo preciso. Y entre mis contenidos alaridos atisbo que debo de tener una fisura gorda que me exigirá unos días de baja laboral, incluso semanas, que nunca vienen mal por eso de desconectar y ver las cuatro temporadas atrasadas de “Juego de Tronos”. Y sonrío un poquito, dentro de la desgracia por supuesto.
De repente las luces se encienden y veo a mi Santa levantarse asustada, y antes de que pronuncie la primera palabra caigo en la jodida cuenta de que no estoy en casa, sino en el Hotel Chiclana, y que es agosto y que las vacaciones comenzaron ayer.
Está vez vuelvo a gritar, pero ahora sin remilgos que para eso soy el hombre de la casa.