Un mal día
Luis Asensio Ferreras | Devendra Turpin

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Sira pensaba que no estaba hecha para el amor. Eso era lo que pasaba por su mente cuando llegó al restaurante treinta minutos antes de la cita. Antes de acercarse a la mesa que tenía reservada, el maître la informó de que su acompañante la esperaba en el lugar acordado. Gratamente sorprendida, Sira pidió al maître que no informara aún de su llegada, pues sentía curiosidad y desde la distancia y el anonimato quería observarlo. Era su primera cita y ella era una mujer precavida. Sigilosamente, se acercó hasta la zona donde la esperaban, navegando con discreción entre las mesas del restaurante. El hombre era tal y como ella había imaginado, quizás incluso mejor. Sira dirigía tres fondos de capital riesgo y era consultora delegada de seis empresas, lo que, lógicamente, le dejaba poco tiempo para cultivar su vida social. Cuando una compañera le recomendó la empresa de citas, Sira lo descartó por completo. No creía en esas cosas modernas. Ella era una mujer algo chapada a la antigua y el uso de las nuevas tecnologías la desconcertaba. Tras la insistencia de su amiga, se decidió a probar. Ahora, Sira recordaba sus dudas iniciales mientras observaba al apuesto hombre que la esperaba en su mesa favorita de su restaurante favorito. Solo podía distinguir su espalda, pero lo que veía era suficiente para constatar que era un hombre de una presencia imponente, justo como a ella le gustaba. Su pelo negro y ligeramente ondulado le aportaban el aire regio con el que ella siempre había fantaseado. Tenía la espalda de un nadador y el traje de chaqueta le quedaba como un guante. Sira, cautelosa, continuaba acercándose silenciosamente hacia la mesa prestando atención a cada detalle. El apuesto caballero no tendría más de 35 años, su mandíbula era prominente y sus movimientos eran gráciles sin parecer afeminados. De hecho, Sira contempló con el máximo agrado cómo un camarero le acercaba una botella de Dom Pérignon Plénitude, y cómo el apuesto hombre de pelo negro, con un movimiento de la mano enérgico y autoritario que la recordó a su padre, la mandó retirar. Sira odiaba el champán, al igual que su padre. Este último detalle la terminó de convencer. Sira se acercó a la mesa, la rodeó y se plantó frente al apuesto caballero. El hombre la miró y quedó deslumbrado al instante. Su bello y varonil rostro dibujó una sonrisa entre pícara y amigable mientras se levantaba para recibirla. Al tenerlo de frente, la actitud de Sira mutó; sus músculos se tensaron, sus pupilas se dilataron, lanzó un puntapié en dirección a la mesa que hizo temblar los platos y los vasos sobre ella, y salió de allí entre quejas y lamentos. Los ojos del hombre eran azules, y ella los quería verdes. Esa era precisamente la razón por la que desconfiaba de las empresas de clonación; nunca acertaban. Había cedido todos sus datos a una empresa de biotecnología para nada. Inútiles. Estaba claro que Sira no estaba hecha para el amor.