Un manchado
Tania Martos Barrantes | Niska

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Me gustaba sentarme en la mesa más apartada. Y si podía ser, al lado de la ventana. Me fascinaba pararme a pensar e imaginar todos los mundos que había allí fuera, en cada persona, tras esas paredes, mientras me tomaba un café con leche en vaso (bien corto de café). Me sentía una espectadora de todas las vidas que pasaban por delante de mí. Esa mañana, hacía un día espléndido. No obstante, había descubierto esa cafetería gracias a un día de lluvia. Entré buscando refugio y la encontré a ella. Abrió la puerta empapada, sujetando un paraguas roto y sonriendo, mofándose de su suerte. Se sentó frente a mí, a dos mesas de distancia y al mismo tiempo que clavaba sus ojos en mí, le pedía al camarero -lo mismo que está tomando esa chica-. Le sonreí y pensé que me acababa de convertir en la actriz principal de una película romántica. Empecé a ponerme nerviosa. Quería levantarme e ir a su mesa, pero algo me lo impedía. El miedo, cómo no. Joder, pensé. Y mientras mantenía ese debate en mi interior, entró otra chica. Combinaba sus botas con un chubasquero azul mar, igual que el de sus ojos. Se sentó junto a ella y pidió un refresco. Ipso facto, pasé a ser la actriz secundaria y decidí rendirme a la realidad, a ese día lluvioso y a mi café, que se estaba enfriando. Al cabo de unos quince minutos, ambas se levantaron y mientras yo proseguía absorta en mis pensamientos, se acercó y me dejó un papel sobre la mesa. Volvió a sonreír y se marchó. Abrí la nota: ojalá, algún día, tomando un manchado las dos juntas. Creo que me ruboricé. De pronto, hacía un día maravilloso (en mí, porque allí fuera, seguía lloviendo) y me convencí de que tal vez, fuese hora de hacer realidad esa película. Me levanté y corrí tras ella.