Un manojo de nervios
María Soledad Colmán Ayala | MAJA

4.5/5 - (2 votos)

Nada podría haberme preparado para lo que me deparaba el destino aquella tarde,

No todas las primeras citas son buenas, ni todas son malas, tampoco tienen por qué ser torpes e inseguras, y, sin embargo, aunque puedan serlo, no por ello dejan de desmerecer una buena historia.

Hay citas que se desarrollan más rápido, otras más lentas, y sin embargo a mí, aun habiendo cumplido con todos los preámbulos y convenciones sociales de rigor, esta, se me antojaba que fue demasiado rápido…. De los nervios iniciales que me atenazaban el estómago ante lo que podría encontrarme, había pasado a relajarme un poco cuando me encontré de frente a él. Parecía un hombre serio y formal, que comenzó presentándose y hablando un poco sobre él y a que se dedicaba (era doctor), luego, la conversación derivo a mi persona, lo típico, que edad tenia, a que me dedicaba, continúo preguntándome también si era mi primera vez en una cita similar, cosa que para mí si lo era, no solo con el sino con cualquier otra persona, el debió de notar mi nerviosismo por lo que me contó algunas anécdotas sobre sus experiencias previas. Durante la conversación su voz vibrante y calmada me hizo relajarme, después, la conversación se desvío hacia el porque me había decidido finalmente en tener una cita con él. Lo cierto es que su fama le precedía, había escuchado hablar bien de él tantas veces y por tantos medios, que tampoco tenía muy claro cuál de todas era la que me había hecho decidirme…No supe explicarle bien el porqué, después hablamos sobre lo que yo sentía…y no recuerdo bien como, pero casi sin quererlo los pantalones se deslizaron hacia abajo, quizás demasiado rápido, el me observo unos segundos, y yo, me ruboricé, nunca he tenido vergüenza de mi cuerpo, pero no pude evitarlo, siguiendo sus indicaciones me di la vuelta y me recosté, y espere, los nervios y el miedo a lo desconocido me atenazaban la mente, poco después le noté dentro de mí, se movía como si buscase algo, primero a la izquierda, después a la derecha, algo más al fondo…. No, definitivamente no me estaba gustando, pero claro tampoco podía decírselo y aunque lo hubiese hecho me parecía algo infantil, y que no habría servido de nada. El siguió a lo suyo como si no estuviese notando todo lo que pasaba por mi cabeza, cuando ya llevaba lo que a mí me pareció una eternidad me giré para verle la cara, pude ver, que parecía concentrado, pero tras unos instantes pude ver como la mueca le cambio en unos breves instantes desde la concentración hasta la felicidad y el éxtasis. Salió de mí y después poco a poco se incorporó, me miró a los ojos, me sonrió y me dijo:

-Chaval, no tienes nada de qué preocuparte, tienes la próstata de un quinceañero, ¡¡¡Estas hecho un Toro!!!