Un paquete muy deseado
Sofia Paita | Sofia Paita

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Estaba en medio de una reunión de trabajo cuando sonó el timbre de mi casa. Eran las 16 48. Llegaba antes de lo que decía la aplicación del correo. Me disculpé con mis compañeros por ausentarme unos minutos y me aseguré de que la cámara y el micrófono estuvieran apagados. Abrí la puerta de mi casa y el repartidor estaba allí, esperándome con un gran paquete negro. Sentí su mirada insinuante y juiciosa. Tenía una media sonrisa dibujada, cómo si supiera que era lo que me estaba entregando.

Pase al salón, mirando atentamente la caja envuelta en plástico negro que tenía en mis manos. No se veían pistas de lo que había dentro. Bien. La intriga me estaba carcomiendo. Cerré las cortinas y cogí las tijeras. De pronto escuche que alguien me llamaba. No entendía muy bien de donde venia, hasta que la realidad de mi rutina volvió a mí. Corrí al escritorio y me reincorporé en la reunión. Por suerte no faltaba mucho para terminar la jornada. Todo lo que hice a partir del sonido del timbre fue a medias, una parte de mi cerebro solo podía pensar en el paquete negro que me esperaba en la mesa del salón. A las 18 apague la computadora, sin despedirme de nadie y con él informe sin acabar. Le envíe un mensaje a Juana: “me ha llegado el paquete. No puedo creer que me hayas convencido de comprar esto”. Me respondió al momento: “Ya era hora! Ya me contaras que tal te va con él”. No había pasado ni un mes desde que tuvimos esa charla.

Cogí las tijeras, otra vez. Hice un corte a lo largo del plástico negro, y comencé a desenvolver su contenido. Estaba tan concentrada en lo que estaba haciendo que el sonido del teléfono me hizo saltar del sofá. Me acerqué y vi que mi madre me estaba llamando. Tenía que atenderle, si no se iba a enojar. Después de una llamada de cuarenta minutos, pude retomar mi tarea. Saqué todos los plásticos de protección que había dentro, y encontré allí una caja colorida. Me decepciono un poco el tamaño. Lo esperaba más grande. Unos golpes en la puerta me sacaron de mi momento observatorio. Por la mirilla de la puerta vi a mi vecina del “B”. Me pidió si la ayudaba a mover un mueble que tenía en el salón, que era muy pesado, y sola no podía. Después de ayudarlo a colocarlo justo donde ella quería, pude volver a mi tarea. Estaba cansada de tanta interrupción. Apague el móvil y baje todas las persianas de la casa. Había esperado 43 años para esto, para animarme a comprar un vibrador de color estridente. Ya no dependía de nadie, solo de mí, y de la eficacia del famoso juguete, el tener mi primer orgasmo.