116. UN PASEO APOCALÍPTICO
Lorena Álvarez de Sotomayor Parres | Luna Cubista

Una pandemia aterradora y letal nos mantiene confinados, pero mi perro tiene que salir igualmente a hacer sus necesidades.
Espero a que sea noche cerrada para no cruzarme con nadie y, con suma diligencia, me coloco el abrigo, el gorro, la mascarilla que ha cosido mi suegra con la tela de la cortina y sobre ella la pantalla facial. Me observo detenidamente en el espejo. << Bien. No queda ningún resquicio al descubierto por el que se pueda adherir el bicho>>.
Me embuto los guantes de cocina, cojo el bote de gel hidro-alcohólico y salgo al descansillo a calzarme. Tras cerrar la puerta me doy cuenta de que se me ha olvidado el perro. Maldigo. Saco las llaves del bolsillo. Se me caen al suelo. Maldigo más. Las embadurno en gel. Consigo abrir. Silbo y Rusty sale. Le coloco los patucos que mi mujer ha diseñado con bolsas de basura y comenzamos a bajar por las escaleras. Hay que evitar el ascensor a toda costa.
El descenso se convierte en un deporte de riesgo. Rusty va resbalándose así que tiro del arnés para impedir que se caiga rodando, mientras mantengo el equilibrio para evitar agarrarme a la barandilla, que puede suponer una muerte segura.
Por fin llegamos al portal. Saco solo la cabeza para asegurarme de que no haya transeúntes en las inmediaciones. Son las 2 de la mañana y hay toque de queda, pero siempre existen kamikazes que se saltan las normas salvajemente.
Vía libre. Salimos. Mi perro, inocente desconocedor de la situación, mueve el rabo contento. En un arranque de insensatez decido soltarle en la placita que queda delante de casa para que corra un poco mientras yo me abstraigo pensando en el fin del mundo.
De pronto, escucho un derrape y me veo envuelto en una luz azul cegadora. Me entra el pánico. El apocalipsis ha llegado. Aterrado, alzo la mirada y me encuentro con un coche patrulla que ha invadido la plaza. Dos policías abandonan el vehículo precipitadamente.
Los agentes se dirigen corriendo hacia mí. Estoy paralizado.
– ¡Caballero! ¿Qué hace en la calle? ¡¿No sabe usted que estamos en estado de alarma?!- pregunta uno con virulencia al tiempo que me rodean.
Las piernas me tiemblan. Tartamudeando les respondo que estoy paseando al perro.
Los dos miran alrededor.
<< ¿¡Dónde diablos está Rusty!? >>, pienso.
– Rusty, Ruuuuuusty- grito mientras comienzo a silbar.
Nada. Rusty desaparecido.
– Saque la documentación.
Meto como puedo la mano en el bolsillo. Con el maldito guante no hay manera de encontrar nada. Localizo el DNI y lo sitúo frente a los ojos de uno de ellos, que extiende la mano para cogerlo. Doy un paso hacia atrás.
– Perdone, pero ¿podría echarse gel? – pregunto con un hilo de voz.
El policía me mira fulminante.
De repente, Rusty surge de entre unos matorrales y se pone a hacer caca. Voy corriendo a abrazarle.
Me multan por llevarle suelto.
Al entrar en casa respiro aliviado. Hemos sobrevivido a otra salida.