457. UN PLAN FALLIDO
Jesús Montoro Louvier | Sebástian Tull

Por fin se me presentó una oportunidad. Primero tenía que ganarme su confianza, después, si la cosa salía bien, le hablaría del oro. Él sólo tenía que abrir un par de puertas y hacer la vista gorda. El nuevo director médico del centro parecía la persona adecuada. Siempre con su fonendoscopio colgado, a modo de salvoconducto, tendría posibilidad de moverse por todo el centro con uno de sus pacientes sin levantar sospechas.
Al principio, cuando le expliqué cómo me habían capturado tras completar mi última misión, no prestó especial atención. Debía dosificar la información hasta despertar su interés. Y así poco a poco, como quien no quiere la cosa, llegó el momento de hablarle del oro.
Mi unidad lo custodiaba con un destino que solo conocía el capitán, el resto acatábamos órdenes. Las tropas enemigas se acercaban, y tras una refriega en la que murió gran parte de la unidad, me tocó asumir el mando y modificar las ordenes. La única opción era esconder el tesoro, ya habría tiempo de volver a por él. Pero no nos dio tiempo a huir y fuimos capturados. A mis compañeros los fusilaron al amanecer, a mí me dejaron con vida. Tenían la esperanza de sacarme algo de información. Pero soy duro, y resistí.
Proseguí contándole algún detalle más de mi historia, pero sin darle pistas ni del lugar ni de la cantidad escondida, eso se lo dejé a su imaginación.
Antes de pronunciarse barrió con su mirada las paredes blancas de la sala donde nos encontrábamos, y tras meditar unos instantes como si algo no le cuadrase, sus ojos se detuvieron en mi andador. Después me dio dos gominolas de osito, mis preferidas, para terminar, diciendo:
“Mi querido Aurelio, si la guerra no hubiera terminado hace 50 años, esto no fuera un centro psiquiátrico, y yo fuera médico de verdad, sin duda le ayudaría”.