Un plan mejor
Victoria Porcuna Castilla | Dulcería

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Hay momentos cargados de intensidad, ayer volví a vivir uno, como hacía tiempo que no sentía. Se podría decir que fue ¿una cita?, a fin de cuentas hubo una quedada, nervios, ilusión, un bar y algo que no tiene nombre, es complicado de posicionar. ¿Cómo nombramos a algo que forma parte de lo más íntimo?. Una fantasía, pero yo lo viví real, lo mismo es mi ansiedad, que romantiza cada quedada con ella. Sé que aparece cuando las cosas con Marcos, mi marido, han quedado a medias… ahí es cuando aflora, es como un deseo que no llega a cumplirse, cuando busco en él aquello que no encuentro en mí, la satisfacción.



Es fin de semana, no hay planes, sin novedades siento ansiedad y cansancio. A una parte de mí le gusta ese sentimiento, es como estar en casa y es el lugar al que recurro cuando todo va bien. ¿Cómo vas a ser feliz después de una semana de trabajo?, toca encontrar motivos para estar mal, una excusa para desaparecer.



“Estoy agotada, necesito desconectar”.



Nada nuevo para un viernes. Tras dejar un tiempo para recibir un mensaje que no llega, finalmente escribo a mis amigas, las que sé que van a responder. Una comenta “no estoy”, la otra supongo que me dirá que no, pocas veces nos vemos a solas, nos conocemos desde hace dos años, para mi sorpresa accede. La situación comienza a ser rara a la vez que excitante. A una parte de mi se le ocurre decir “¿seguro?” esperando un “no llego a tiempo”, porque prefiere que otra persona tome el rumbo de mis sentimientos, porque tiene miedo de perderse, pero es que perderse es lo mejor para encontrar respuestas.



Es la hora, me cambio dos veces de ropa, me he pintado los labios, caigo en la cuenta de que hace mucho tiempo que no me visto así para salir con Marcos, pero ¿sucede algo si quiero gustar?.

De camino al bar siento un vacío, me preocupa si no tenemos de qué hablar, para mi sorpresa la conversación fluye, me siento feliz, hablo entusiasmada, es lo más parecido a una cita, toda su atención va dirigida a mí, no ha cogido el móvil en todo este rato, es buena señal. Le hago reír, me siento a gusto y ella también y es lo importante.

Nos despedimos en la puerta, “¿y si nos damos un beso accidentado?” pienso, pero no sucede. Desde luego, me dan igual los motivos por los que ha accedido a verme, quizás no tuviera un plan mejor, aunque podría haber dicho que no y no lo ha hecho. Yo me vuelvo a casa feliz y recibo un mensaje suyo al llegar “Ey, gracias por estar, tenemos que repetir”.

Me meto en cama con una sonrisa, es el primer viernes en mucho tiempo que me acuesto feliz, siento un nudo en el estómago. No pienso renunciar a esta sensación, es sólo mía, nadie puede quitármela. Ni siquiera Marcos.