691. UN PRÍNCIPE AZUL COMO CUALQUIER OTRO
Edward Jaramillo González | Príncipe azul

Él se había cansado de que ella contara la historia como no era. De que lo vendiera ante su familia y sus amigos como un héroe, cuando se sabía cobarde. Ella decía por todas las esquinas de aquel reino que eran felices, mientras él recordaba que las mentiras son adictas a los adjetivos. Lo que más lo agobiaba era no tener nombre y que el de ella lo definiera a él. Ella era Blancanieves y él era su príncipe azul, un príncipe descolorido y sin nombre, como cualquier otro.

Fue justo el día de su aniversario número siete cuando decidió que le contaría toda la verdad, mientras en el desayuno Blancanieves apenas si probó el jugo de manzana, pues se dedicó a tomarse selfis y a publicarlas en todas sus redes sociales con la etiqueta #sieteañostancortoscomounenano.

Esa misma mañana el príncipe recibió un regalo que le dejaron en la sacristía, con el sacerdote de palacio. Era una larga cola de cabello rubio que parecía una serpiente albina enroscada dentro de un baúl. Venía con una nota que decía: “Nada es para siempre y la oportunidad de ser felices es hoy. Vuélvete a sujetar de mi cabello, esta vez para que te ayude a salir de esa vida llena de fantasías”.

Con el ánimo de tomar valor, el príncipe inspeccionó la colección de momentos desagradables al lado de Blancanieves: haber fingido atragantarse con una manzana para llamar su atención, nunca haber aclarado que los siete enanos eran siete niños que trabajaban de manera ilegal en las minas y a los que no quiso luego ayudar a salir de ese infierno, reconocer que odiaba a los pájaros y solo se acercaba a ellos para tomarse fotos o creer que cantaba, cuando emitía sonidos chillones que alejaban a las fieras más feroces de los bosques cercanos.

Así fue como el príncipe, en su aniversario número siete, tomó fuerza y entró a la habitación principal del castillo, en el que su esposa estaba haciendo un vídeo para sus seguidores sobre técnicas de maquillaje para quedar como una princesa y sin tomar aire le dijo: “Blancanieves, tenemos que hablar”.

Les tomó cuatro semanas llegar al nuevo palacio. Al príncipe le excitaba ver a Rapunzel con el cabello corto, como el de un joven fraile rubio. Prepararon una cena para los habitantes más respetables de aquel nuevo reino, en su nuevo hogar. Se presentaban en sociedad y el corazón del príncipe le decía que había tomado la mejor decisión de su vida. Hicieron el amor varias veces esa tarde, la lujuria de todo nuevo capítulo los embargó. Él se sentía por primera vez un ser humano, por fin se pertenecía a sí mismo y el mundo lo conocería por ser quien era.

Todos esperaban la nueva pareja en el gran salón. Las flautas sonaron solemnemente, interrumpiendo los chismes que se reproducían como conejos entre los labios de los invitados, mientras el vocero de palacio los anunció:

—Demos la bienvenida a Rapunzel y a su nuevo príncipe azul.