238. UN PÚBLICO DIFÍCIL
Santiago Polo Hisado | DARBUKA

Le ordenó al durmiente que abriera la mano con los dedos extendidos y pusiera el pulgar en la punta de la nariz, y así lo hizo. Le ordenó que saltara a la pata coja, y saltó a lo largo del proscenio. La parroquia reía a mandíbula batiente, aliviada por no ser ellos los que estuvieran en el escenario. Se le ocurrió que podría humillarlo aún más haciendo que se bajara los pantalones y mostrara su trasero al respetable, pero se contuvo por la dignidad del espectáculo. Con una palmada delante de las narices, devolvió al incauto a su asiento, entre recelosos aplausos y el redoble de la orquesta. Entonces fue a por el más difícil todavía, pero necesitaba a alguien más liviano para aminorar riesgos.
Solicitó otro voluntario, sin miedo, no hay peligro, insistió insidioso. Nadie se movió. Bajó del escenario, disfrutando del estupor que corría entre las mesas. Barrió con la mirada el local y se detuvo ante un individuo flaco y pequeño, de peso mosca, calculó, más poca cosa aún por el encogimiento y la expresión abatida que se apoderó de su persona al verse objeto de atención. Ese serviría. Lo enfocó y cuando el otro le devolvió la mirada, ya era suyo. Lo impulsó a levantarse de la mesa y el pardillo, se dijo, creyó que caminaba hacia el escenario por propia voluntad, cuando, en realidad, era él quien lo guiaba, sugestionado, dueño por completo de su consciencia. Le ordenó sentarse, y lo hizo. Se oyeron nerviosos carraspeos, ya nadie reía. Le ordenó cerrar los ojos, y lo hizo. Se plantó más cerca aún, delante de él, y cerró a su vez los suyos. La fuerza mental comenzó a hacer su trabajo. Tenía las manos extendidas hacia el tipo sentado, con las palmas hacia arriba, como si quisiera ayudarle a despojarse de la gravidez, como una dieta apresurada y espiritual que le aligerara el lastre, que le sustrajera la materia, y respiraba hondo, en profundidad y sonoramente, acompasando el resuello al ritmo de sus palabras, a las órdenes pausadas que con voz profunda repetía una y otra vez. Una atmósfera magnética que impregnaba la sala le recorría las ondas cerebrales y lo cargaba de energía mística. Se sentía pletórico, lleno de poder. Iba a conseguirlo, lo haría levitar, elevarse como San José de Cupertino, allá en la Campania. Y de pronto, un ¡ohhhh! se oyó desde las mesas, a su espalda. ¡Lo había conseguido! Abrió los ojos y vio que el sujeto seguía allí plantado. Sin embargo, los componentes de la orquesta, con sus instrumentos a cuestas, ascendían directos hacia el techo. Escuchó otro ¡ohhhh!, y se dio la vuelta. Los clientes todos habían dejado sus asientos y subían y subían, algunos con la copa todavía en la mano.
Y todos subían. Menos el pasmarote que estaba sentado en la silla en mitad del escenario. Ese se había despertado y tenía los ojos muy abiertos y la boca más abierta todavía. Pero no se movía.