1265. UN REFUGIO DE MADERA
Mónica Beneyto Hurtado | Mónica Beneyto

Mientras el resto de mortales esperaban el autobús bajo el diluvio universal, yo lo hacía cómodamente desde la habitación de mi novio. Mi desconocido suegro, divorciado a la deriva, pasaba por casa de Pascuas a Ramos, a ducharse si acaso. Así que estuve tranquilamente chateando, viendo vídeos… hasta me había fumado un cigarro de vainilla por la ventana en una tregua de la lluvia, cuando, de pronto, escucho la puerta de la entrada.
En ese momento comienza una sucesión de catastróficas decisiones, lideradas por el pánico.
La primera: esconderme bajo el escritorio.
Me di cuenta enseguida de que no había sido buena idea. Sólo habían pasado unos segundos, pero era tarde. Lo supe al abrirse la puerta de la habitación con un “¿Hola?” y volver a cerrarse. No había vuelta atrás: refugio de madera o aparecer al grito de “tatatachán”.
Intenté tranquilizarme: “vendrá a ducharse”. Pero no se oía el agua ni el patito de goma; se oía una risa de mujer y cacharros de cocina.
Mi exilio bajo la mesa iba a durar más de lo esperado.
Pensé diversas estrategias: llamar para pedir auxilio, saltar por la ventana, salir como si nada y decir que me había desmayado y rodado bajo la cama… Pero no tenía buen acting, ni batería en el móvil, ni era Catwoman, a pesar de mi mirada felina, para caer con estilo desde un tercero.
Así, solo me quedó resignarme y subsistir en el ayuno y la quietud.
Por suerte, había una biografía de Hitler calzando la mesa (función que ya hacía yo con la cabeza y parte del hombro) y me entretuve.
Todo iba bien, Adolf estaba a punto de hacer la primera comunión, cuando la lluvia volvió a caer con rabia. Y mi suegro, a la deriva pero perspicaz, había visto la ventana abierta de mi cigarro de vainilla, y entró a cerrarla.
Sus pies pasaron por delante del búnker-escritorio, a escasos centímetros de los míos, y se detuvo. ¡Me había visto! El pánico volvió y, con él, la segunda pésima decisión:
– Hola… – dije dulcemente.
Y aquel hombre, que se había detenido sencillamente porque había llegado a la ventana, casi sufre un infarto.
Se recuperó rápido, no obstante, y empezó a regañarme mientras yo intentaba salir de ahí debajo con dignidad suficiente para dar explicaciones. Creo que llegué a decir “novia”, “hijo” y “lo siento”.
Continuó regañándome aproximadamente una eternidad, mientras su novia nos ofrecía café y pastitas.
Tenía que salir de ahí, como fuera.
Precipitándome peligrosamente a mi última y más catastrófica decisión, observé de reojo que la papelera estaba llena y, sin pensarlo dos veces, la alcé y dije “¡pues saco la basura ya que salgo!”.
Y en ese momento, con la papelera entre su cara y la mía, dejó de hablar.
Fue sólo tras seguir su mirada que entendí el porqué del minuto de silencio que estábamos guardando, pues allí yacería para siempre mi último resquicio de dignidad, tendido junto a un preservativo en la orilla de aquella papelera.