87. UN RELOJ DEFECTUOSO
Pablo Gonzalez Lopez | Cheferiano

Disfruté de la compañía de mi madre en el corto paseo que nos llevó desde nuestra casa hasta la tienda de Juanito Moreno situada muy cerquita de la plaza, y unos metros antes de llegar al bar “Tolo”.
Entramos en la tienda y nos dirigimos hacia la parte donde estaba ubicada esa cuchilla enorme de partir el bacalao y, justamente allí, estaba “la Bea”, sesentona, solterona y con fama de casquivana en todo el pueblo.
– Ponme cuarto y mitad de garbanzos –le decía en ese momento al tendero mientras señalaba un cajón mediado de dicha legumbre.
Nada fuera de lo normal excepto el hecho curioso de que llevaba el brazo izquierdo, y solo el izquierdo, remangado pese a la baja temperatura con que nos obsequiaba aquella mañana invernal.
En su brazo desnudo lucía un reloj de pulsera que enseñaba ostensiblemente con el subterfugio de señalar los productos alimenticios que compraba o que simplemente se informaba de su precio.
– ¿A como están las naranjas?… Ponme medio de bacalao, pero no me des de la cola…
Y el reloj acompañando los movimientos antinaturales del brazo señalando los productos.
Mi madre, enseguida captó el subliminal mensaje que lanzaba “la Bea”.
– Bea, ¡Vaya reloj bonito que llevas!
– Pues, ya ves –dijo al tiempo que daba un respingo y se frotaba la nariz con la palma de la mano en un movimiento ascendente- Me lo ha traído mi sobrino de Madrid.
Mi madre, muy seria, se acercó a ver el reloj de cerca mientras le preguntaba “ingenuamente” la hora.
“La Bea” no dijo nada pero volvió la esfera del reloj frente a los ojos de mi madre.
– ¡Pero chica! ¿No te has dado cuenta? ¡Ese reloj tiene un defecto!
– ¿Un defesto?… no me jodas Sagrario… ¿Qué le pasa?
-¿De verdad que no te has fijado? ¡Tiene una manilla más larga que la otra!
– ¡Coño! Pues no me había fijado…
Y salió a escape de la tienda.
Recuerdo a Juanito Moreno y a mi madre riendo durante un buen rato.
Un par de semanas más tarde mi madre coincidió con “la Bea” saliendo del estanco de la Herminia al que había ido a comprar un paquete de “picao” para mi abuelo y se enfrentaron en una discusión pacífica, pero tajante.
– Me debes catorce con sesenta –decía “La Bea”- siete treinta de ida y siete treinta de vuelta…
La Bea había ido a Madrid a devolver el reloj porque lo habían vendido con defecto. Con los brazos en jarras, le reprochó al relojero su falta de profesionalidad:
– Aunque me vea vestida de lana no soy borrego –le dijo “la Bea” al sorprendido vendedor.
– Este “relos” tiene “defesto” Tiene una manija más grande que la otra –continuó enfadada y depositando, con un fuerte golpe, el reloj encima del mostrador de cristal.
A duras penas pudo aguantar la risa el caballero y, señalando todos los relojes de la tienda, le confesó a la pobre Bea que allí solo se vendían relojes con defecto.