Un remolino de contradicciones
Dolores García Jiménez | Lola García

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Seguro que al concentrarnos en realizar una lluvia de ideas sobre lo que supone «una primera vez» nos aparecen en la mente palabras, nada equivocadas por cierto, como «aventura», «autodescubrimiento», «desconocido», «atrevimiento» y un largo etcétera que podría englobar a toda la familia semántica del vocablo «novedad». No obstante, una primera vez es mucho más compleja. A mí, en particular, me recuerda a una inmensa contradicción. Una experiencia revestida de antónimos: ilusión por la novedad y miedo a lo desconocido, atrevimiento y cobardía, ganas y aversión. Y, sobre todo, una vivencia, emocionalmente hablando, muy intensa, ya que las emociones que se experimentan son de lo más variadas. Por arrojar un poco de luz, os podría decir que un panal de abejas en el estómago junto con una sensación profunda de alivio suelen ser siempre mis acompañantes en este viaje infinito. Y digo infinito porque una de las cosas que más me remueven de las primeras veces es que nunca desaparecerán. Siempre habrá una primera vez de algo totalmente nuevo que jamás hayamos realizado previamente. Siempre puede volver ese remolino de sentimientos que hace que nos sintamos vivos. Siempre podremos volver a ser niños ansiosos de esa experiencia tan auténtica e inocente de lo que supone asimilar una cosa nueva. En definitiva, siempre podremos ser aprendices de una infinidad de cosas que están todavía por descubrir. Y eso es lo que nos mueve a seguir, la consciencia de que siempre quedan cosas por saber, por aprender y en conclusión, por vivir.