UN SECRETO MAYOR QUE ELLA
lourdes ral baulenas | SIBILA

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La ciudad no presentía nada. Un día de principios de marzo, aún frío.



Manuela se apresura, un último watsapp y corre hacía un local de la calle Pez. Ella aún no lo sabe, pero su vida está a punto de cambiar. Nadie sabe aún que guardará un secreto más grande que ella misma. Pero ella aún no lo sabe cuando ha dado un beso a sus hijos, un frío beso a su marido en la mejilla, ya no recuerda cuando lo besó por última vez, cuando lo abrazó, cuando aún tenían risas, cuando aún tenían de qué hablar, cuando aún eran uno, si alguna vez lo fueron.



Se había encontrado con la madre de Simón, en una exposición en noviembre, en aquella galería de la calle Lope de Vega. La había visto entre los que habían venido a la exposición de León, que había conocido en la facultad. No se había dado cuenta de la presencia de Simón, hablando con Elena de los últimos años, de su marido, de sus cuadros. Lo había visto en otras ocasiones, al largo de los años, en encuentros puntuales, en exposiciones. Conversaron. Simón tuvo ganas de decirle me gustaría conocerte más, nos hemos encontrado y nunca hemos tenido el tiempo de hablar. Manuela accede a comer con él, sin saber de qué hablaran. Ese día se fija en su chaqueta, gruesa, de lana y del olor de su perfume y sí, piensa que tiene ganas de quedar con él.



En el mercado de la Cebada, May atiende a los primeros clientes del mediodía. Sophie acaba la manicura a una niña que ha escogido un azul turquesa. Mientras, en la plaza de Paris, los padres de Manuela sopesan si se acercan a esa nueva tienda de quesos de Chamberí. Aún están resguardados de la cita de su hija, aún están a cobijo de su situación con su marido, aún piensan que tienen una hija bien casada y con hijos. Mientras, en un colegio de provincia, sus hijos están sentados conversando con sus compañeros. Nada en la ciudad presiente la cita entre Manuela y Simón.



No os contaré nada de su cita, en todo caso, preguntadles a ellos. Manuela ha tomado el ave de vuelta, se apresura porque debe recoger a los niños. Aún no sabe que no podrá dejar de pensar en Simón. Si le hubieses preguntado, hubiera dicho que hablaron de sus cosas, de amigos comunes, que hacía mucho tiempo que no comía sin su marido ni los niños. Os diría que no hubo nada especial en la conversación. Pero si ella tuviera el valor os contaría que al despedirse, acostumbrada aún a no dar besos después de la pandemia, le había rozado la mano y no la pudo separar. Y que el temblor en la mano lo había llevado con ella todo el trayecto del ave. Que ese temblor continuaría, que se tocaría la mano a veces y lo recordaría. Y que ese día comenzaría a albergar un secreto mayor que ella.